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Es una marcha fúnebre que evoluciona en festiva tradicional de Navalvillar de Pela
La Danza del Pelindongo se bailó el pasado sábado en Torrejón de Ardoz. Y no es una danza cualquiera. Es un rito que hunde sus raíces en la memoria de Navalvillar de Pela, un pueblo de Badajoz, y que condensa en unos pocos compases eso que los griegos llamaron las dos pulsiones básicas del ser humano: Eros, el impulso de vida, y Thanatos, la atracción por la muerte.
Los peleños fueron los encargados de ejecutarla. Han partido en desfile desde Plaza de España, tras ser recibidos en la sede del Círculo Extremeño, organizadores del evento, hasta la Plaza Mayor de la localidad madrileña, y en la puerta de la Iglesia han hecho visible el folclore extremeño. La imagen es poderosa: un grupo de bailarines en plena calle, con sus palos en las manos, recordando a un joven muerto hace quién sabe cuántos siglos.
Porque la Danza del Pelindongo es, en esencia, una danza fúnebre. La leyenda cuenta que un joven del pueblo, alegre y divertido, murió muy joven a causa de unas altísimas fiebres. Su madre lo veló en silencio, sentada en su silla de palo, mientras los brebajes del curandero no servían de nada. Al día siguiente, lo llevaron a enterrar en unas parihuelas. Y en las noches de luna, los vecinos se reunían en torno a su tumba para rezar y cantar al son de las flautas, mientras otros danzaban con los palos de las parihuelas.
Ahí está la clave: los palos que hoy sostienen los bailarines no son un simple atrezo. Son la representación de las antiguas parihuelas con las que se llevaba a enterrar al joven Pelindongo. Cada vez que una pareja se coloca en los extremos de un palo y salta alternativamente con los pies, está escenificando el transporte de un féretro. La danza es tan simple y monótona como la música, y su melodía transmite resonancias tristes en consonancia con la letra.
Pero lo que hace única a esta danza no es solo su coreografía, sino el simbolismo de cada uno de sus elementos. Un almirez, tocado con una varilla, simula las campanas doblando a muerto. Los palos que sostienen los bailarines no son un simple atrezo: son la representación de las antiguas parihuelas con las que se llevaba a enterrar al joven Pelindongo. Y el desfile inicial no es un desfile cualquiera: es una comitiva fúnebre. Las plañideras acompañan a los danzantes, llorando, mientras la procesión avanza. El espectador asiste, durante los primeros compases, a un cortejo mortuorio.
Pero aquí llega la paradoja. La letra, que habla de un joven que está malo y que pronto estará muerto, tiene un estribillo que es pura celebración: "Baila el Pelindongo mi sol y mi luna, baila el Pelindongo mejor que ninguna". No es un canto de duelo al uso. Es un canto que invita a bailar. Que celebra la vida incluso mientras se despide de ella. Eros y Thanatos, otra vez, dándose la mano. No es casualidad que los danzantes tuvieran un carácter eminentemente ritual en Navalvillar de Pela. La Danza del Pelindongo no se baila para olvidar la muerte, sino para integrarla. Para recordar que la vida y la muerte son parte del mismo ciclo. Que el joven que murió sigue vivo en la memoria del pueblo, en cada palo que se cruza, en cada salto, en cada estribillo que invita a bailar.
La danza estaba en desuso y corría el riesgo de perderse para siempre. Afortunadamente, en los años ochenta del pasado siglo, grupos folclóricos locales la recogieron y la recuperaron. Pero hay un detalle que hace aún más excepcional lo vivido en Torrejón. Los danzantes iban ataviados con el traje típico de La Encamisá de Navalvillar de Pela, la fiesta principal del municipio, que se celebra en honor a San Antón y está declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. La tradición es estricta: solo se puede vestir este atuendo en la procesión del Santo y en la propia Encamisá. En Torrejón, sin embargo, hicieron una excepción. Y esa excepción convirtió la Plaza Mayor en un pedazo de Navalvillar de Pela durante unas horas.