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15
Jun
2026
El año en que Torrejón luchó con Madrid por tener las mejores Fiestas PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - Torrejón Secreto
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La localidad contrató su propia Tarasca para celebrar el 60 aniversario de su independencia

A principios de junio de 1636, cuando Madrid se vestía de gala para la procesión del Corpus Christi, una pequeña villa al este de la capital decidió no ser menos. Torrejón de Ardoz, que apenas 82 años antes había conseguido liberarse del yugo de Alcalá de Henares, y veinte años más tarde compraba su independencia, se gastó 800 reales en vellón en un espectáculo que rivalizaba con los de la Corte. La prueba está en un documento notarial fechado el 7 de mayo de 1636, firmado ante escribano por Salvador Palomo, "autor de comedias en esta corte".

Según el contrato, la compañía de Palomo debía desplazarse a Torrejón el día del Corpus para presentar un montaje que incluía acrobacias aéreas (boleando su hija), bailes de matachines y arlequines, y un elemento estrella: "el mostruo que trae nuebo, que no se ha visto en esta corte". El espectáculo incluía también "andar en la maroma y bolar" (funambulismo y números aéreos con arneses) y "todo lo demás que acostumbra". Por todo ello, la Villa pagó 800 reales en vellón (200 por adelantado, 600 a la finalización), y además corrió con los gastos de transporte: "un carro en que lleve su gente" para el viaje de ida y otro para la vuelta a Madrid.

El contrato no lo firmó cualquier persona. El Licenciado Antonio de Mesa, Notario del Santo Oficio (la Inquisición) y perteneciente a una de las familias fundadoras de Torrejón, actuó como garante. Si la Villa no pagaba, él lo haría. Este detalle es clave: las élites locales usaron su poder y sus contactos en la Corte para traer el mejor espectáculo posible a las fiestas de su municipio, compitiendo directamente con la capital del Reino.

En el Madrid del siglo XVII, las fiestas del Corpus eran el evento del año. La estrella indiscutible de la procesión era la Tarasca, una figura gigantesca (un dragón o serpiente) que abría el desfile, movía la cabeza y aterrorizaba a los niños. Sobre su lomo se colocaban figuras con movimiento, y su diseño se licitaba cada año. Era un producto de lujo, un autómata que costaba una fortuna y que, según las crónicas, marcaba la moda femenina del año siguiente, porque la dama que iba sobre el dragón lucía el vestido y el peinado que se llevaría en la Corte.

No se conserva ninguna ilustración de la tarasca que desfiló en Madrid en el siglo XVII. Tampoco sabemos cómo era exactamente el 'mostruo' que Torrejón estrenó en 1636. Sin embargo, las descripciones históricas de las procesiones del Corpus y la iconografía tradicional de las tarascas hispánicas permiten imaginar una criatura híbrida: cabeza de dragón con ojos desorbitados y corona dorada, cuello escamoso, cuerpo abombado como un caparazón y larga cola serpentiforme. Una bestia grotesca, cargada de ornamentos barrocos, que se movía sobre una plataforma con ruedas entre el estruendo de la música y los cohetes, provocando admiración, inquietud y diversión a partes iguales. No era un dragón heroico ni una bestia terrorífica, sino un prodigio festivo concebido para que el pueblo, los niños y los vecinos de la Corte y de las villas aledañas participaran en la fiesta

Que el contrato de Torrejón exija explícitamente un "mostruo nuevo, que no se ha visto en esta corte" no es un capricho. Es una declaración de intenciones: la villa quería tener su propia Tarasca, y quería que fuera más novedosa que la de Madrid, estrenándola en exclusiva.

Para entender la magnitud del gasto de Torrejón, hay que compararlo con lo que se gastaba en la Corte. En 1672, el Ayuntamiento de Madrid pagó 1.500 reales por su tarasca. El artífice fue Leonardo Alegre, y la cantidad incluía la construcción de la figura y los arreglos posteriores. Madrid, capital del imperio, la ciudad más rica y poblada de España, se gastaba en su monstruo mecánico casi el doble que Torrejón.

Pero el dato realmente significativo es otro. El Ayuntamiento de Madrid había fijado un gasto máximo de 600 reales para las fiestas del Corpus. Ese era el presupuesto ordinario. La tarasca de 1.500 reales era un gasto extraordinario, es decir, quebrantaban su propio límite presupuestario para tener una tarasca a la altura. Y en ese contexto, la pequeña villa de Torrejón, con menos de 2.000 habitantes y recién liberada de la tutela de Alcalá, desembolsó 800 reales de una sola vez. No era una cuestión de dinero. Era una cuestión de orgullo. Torrejón no comenzó a hacer grandes fiestas en los años 80. Lleva haciéndolo, al menos, desde 1636. Casi 400 años de historia que este documento saca del olvido y coloca en el lugar que merece.

A día de hoy no se sabe cómo era aquel autómata. El contrato no lo especifica. Pudo ser un dragón, una serpiente, una figura grotesca con rostro humano o una alegoría monstruosa al uso barroco. Lo que sí está claro es que era mecánico, que era nuevo y que Torrejón lo estrenó en exclusiva antes que Madrid. El 'mostruo' ha desaparecido, pero su leyenda ha sobrevivido cuatro siglos

 

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