La reinvención del texto de Zorrilla cambió el género de varios personajes
El Don Juan en Alcalá ha celebrado su cuadragésima edición con una propuesta dirigida por Triana Lorite que ha cambiado los roles de género de algunos personajes, ha incorporado un tono marcadamente erótico y ha renovado la estética escénica, en una noche que comenzó con un emotivo minuto de silencio por las 69 víctimas mortales del accidente ferroviario de Urda. La representación, que tuvo lugar en la Huerta del Obispo del Palacio Arzobispal, se repitió al día siguiente.
El montaje, una producción de ZOE Theatre, ha contado con Rubén de Eguía como Don Juan y Paula Iwasaki como Doña Inés, junto a Críspulo Cabezas como Don Luis Mejía y los alcalaínos Antonio Ponce y Antonio Albella como Don Gonzalo y Diego respectivamente. El reparto se completa con Belén Orihuela y Elvira Cuadrupani como el capitán Centellas y Avellaneda, Javier del Arco como la Madre Abadesa, Abril Zamora como Brígida y la actriz taiwanesa Huichi Chiu como Doña Ana de Pantoja, además de los grupos alcalaínos Duelos y Quebrantos y la compañía Evogia.
La propuesta se divide en dos grandes bloques. 'Oro, vino y carne' transcurre durante la noche de Carnaval y presenta el universo de excesos, desafíos y máscaras que rodea a Don Juan, con una escenografía teñida de rojo en la que los personajes de la taberna aparecen con máscaras de demonio y el propio protagonista se muestra como el diablo, una máscara que también utiliza cuando va en busca de sus "víctimas". Las escenas de cortejo se resuelven como danzas y la escena del diván, en esta versión, se realiza de pie. La segunda parte, 'Fuego, mármol y muertos', se desarrolla en la noche de Todos los Santos y transforma por completo el escenario, con el azul como color dominante y el blanco como protagonista tras la redención, que Doña Inés consigue para Don Juan mientras el resto de fantasmas de los personajes quieren llevarlo al infierno.
La lectura que se desprende del montaje es que la primera parte, simbólicamente ambientada en el infierno, es donde la directora se permite transgredir el texto de Zorrilla, mientras que la segunda, la del purgatorio y el cielo, se mantiene fiel al original. Esa coherencia interna convive con las opiniones encontradas del público: frente a las crónicas que destacan el carácter rompedor del montaje, algunos espectadores han expresado su rechazo, y una de las decisiones más comentadas es la de que la Abadesa sea interpretada por un hombre, algo que muchos consideran una falta de respeto a los católicos. |