El Descubrimiento de América es el primer capítulo de una historia de tres siglos
El 12 de octubre de 1492, un vigía llamado Rodrigo de Triana lanzó el grito que cambiaría el rumbo de la historia: “¡Tierra!”. La expedición de Cristóbal Colón, compuesta por la nao Santa María y las carabelas La Pinta y La Niña, había partido del puerto de Palos de la Frontera (Huelva) el 3 de agosto de ese mismo año. Setenta días después, los navegantes llegaron a la isla de Guanahaní, en el archipiélago de las Bahamas, a la que Colón bautizó como San Salvador.
Colón creyó firmemente que había llegado a las Indias. Por eso llamó “indios” a los habitantes de aquellas tierras, un nombre que, aunque equivocado, ha perdurado hasta hoy. Lo que el navegante genovés no sabía era que había alcanzado un continente nuevo, desconocido para Europa, y que su viaje inauguraba uno de los procesos más trascendentales de la historia humana.
La segunda mitad del siglo XV fue un tiempo de expansión y búsqueda. El navegante Cristóbal Colón concibió el proyecto de alcanzar las islas Molucas, el centro comercial de las especias, navegando hacia el oeste por una ruta más corta que la que utilizaban los portugueses bordeando África. Tras ver su proyecto rechazado por el rey Juan II de Portugal, Colón ofreció su propuesta a los Reyes Católicos en 1486.
No fue hasta el 17 de abril de 1492, pocos meses después de la toma de Granada, cuando se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe en la localidad granadina del mismo nombre. En virtud de estas capitulaciones, Colón fue nombrado almirante, virrey y gobernador de las tierras que descubriese. Se le concedió el título vitalicio y hereditario de almirante, el derecho a proponer ternas de candidatos para los oficios de gobierno, y la décima parte de las ganancias obtenidas (perlas, piedras preciosas, oro, plata y especias).
El proyecto colombino vio la luz el 3 de agosto de 1492. La expedición partió de Palos y avistó tierra americana el 12 de octubre. Tras el descubrimiento, Colón continuó su trayecto por las islas de Cuba y La Española. En la costa noroeste de esta última, la Santa María encalló, viéndose obligado a construir un fuerte con sus restos, al que llamó La Navidad.
El viaje trajo a la Corona española beneficios y un conflicto con Portugal, que veía violado el Tratado de Alcaçovas de 1479. Las bulas del papa Alejandro VI respaldaron el título del descubrimiento español, pero la rivalidad luso-castellana no se zanjó hasta la firma del Tratado de Tordesillas de 1494. En este primer viaje, Colón no alcanzó su objetivo de llegar a las islas de la Especiería, lo que le llevó a emprender un segundo viaje centrado en demostrar que el territorio encontrado era realmente la India, dando inicio a la evangelización y la colonización.
El asentamiento en las Antillas dio paso a nuevas expediciones. En 1517, el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, buscó expandirse hacia el actual territorio mexicano. Los indígenas combatieron contra los españoles y durante la batalla murió Hernández de Córdoba. Un año después, en 1518, Juan de Grijalva recorrió las costas de Yucatán, Tabasco y Veracruz. Allí se encontró con poblaciones indígenas más numerosas y mejor organizadas que las del Caribe.
En 1519, el militar español Hernán Cortés continuó con la exploración. Partió de Cuba el 10 de febrero con once barcos y más de 600 hombres. En su ruta, Cortés formó alianzas con poblaciones indígenas que tenían una fuerte rivalidad con los mexicas, como el señor de Cempoala y los tlaxcaltecas. Una figura clave fue Malintzin, conocida como la Malinche, quien hablaba maya y náhuatl y se convirtió en intérprete de la expedición.
El 22 de abril de 1519, Cortés fundó la Villa Rica de la Vera Cruz, considerado el primer ayuntamiento a la usanza española en México. Con esta acción, desconoció la autoridad del gobernador de Cuba y pasó a depender directamente de la Corona española. En agosto de 1519, decidido a conquistar Tenochtitlan, ordenó destruir las naves para evitar que un grupo de españoles descontentos regresara a Cuba. En septiembre, tras algunos combates, forjó una alianza con los tlaxcaltecas, liderados por Xicoténcatl.
El 8 de noviembre de 1519, los españoles llegaron a Tenochtitlan, donde el emperador Moctezuma II los recibió con honores y los hospedó en el palacio de Axayácatl. Sin embargo, la situación se tornó violenta. En mayo de 1520, mientras Cortés intentaba apoderarse totalmente de México-Tenochtitlan, llegó a Veracruz Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba para apresarlo.
La guerra contra los mexicas culminó con la caída de Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, cuando una coalición de fuerzas españolas y guerreros tlaxcaltecas liderada por Cortés capturó al emperador Cuauhtémoc. La ciudad fue sitiada en mayo de 1521, bloqueando el acceso de alimentos y agua potable. Con la caída de la capital, el Imperio azteca se derrumbó.
La conquista del Imperio incaico, o Tahuantinsuyo, se inició el 16 de noviembre de 1532, cuando un ejército incaico se topó en Cajamarca con los conquistadores españoles encabezados por Francisco Pizarro. Este encuentro se produjo poco después de haber finalizado la guerra civil entre los dos herederos al trono inca, Huáscar y Atahualpa.
En aquel encuentro, Atahualpa, que aún celebraba su triunfo sobre Huáscar, fue tomado preso por los españoles. Atahualpa recibió a Pizarro en territorio familiar, escoltado por un ejército de 80.000 soldados. Pizarro no tenía más de 168 hombres con él, en medio de territorio hostil y cortado del resto de las tropas españolas. Sin embargo, logró capturar a Atahualpa momentos después de su primer contacto.
El emperador inca fue retenido como rehén durante ocho meses. Los españoles prometieron liberarlo tras recibir uno de los rescates más grandes de la historia: oro suficiente para llenar una habitación de 23 pies de largo por 16 de ancho y 8 de alto. Una vez recibido el oro, Atahualpa fue ejecutado el 26 de julio de 1533.
Tras la ejecución, los españoles, aliados con los cañaris, chachapoyas y otras etnias hasta entonces vasallas de los incas, marcharon al Cuzco, la capital del imperio, donde ingresaron el 14 de noviembre de 1533 y proclamaron como nuevo monarca inca a Manco Inca, con la intención de convertirlo en un rey títere. Pero pronto Manco encabezó una guerra de reconquista, sitiando el Cuzco y la recién fundada ciudad de Lima en 1536. Aunque causó grandes bajas a los españoles, Manco tuvo que retirarse a las montañas de Vilcabamba, donde instaló la sede de la monarquía incaica en 1538. El reinado de estos incas de Vilcabamba duraría hasta 1572, cuando el virrey Francisco de Toledo ejecutó al último de ellos, Túpac Amaru I. La conquista del imperio incaico duró, en propiedad, cuarenta años (1532-1572).
La conquista de América no estuvo exenta de debates morales y jurídicos. El 3 de julio de 1549, el Consejo de Indias solicitó a Carlos V que organizase un debate en el que se tratase “sobre la manera cómo se hicieren las conquistas” del Nuevo Mundo. La máxima era que se llevaran a cabo “justamente y con seguridad de conciencia”, sin abusos. El emperador ordenó detener la expansión hasta que una junta analizase los argumentos de las dos grandes figuras señeras en cuanto a la problemática americana: el doctor Ginés de Sepúlveda y el fraile dominico Bartolomé de las Casas.
No hubo una resolución oficial para la llamada Controversia de Valladolid, al menos sobre el papel. En la práctica, el concepto de “conquista pacífica”, sin violencia, que esgrimía Las Casas motivó la reforma de las Leyes de Indias y fomentó un mayor proteccionismo hacia los nativos. A la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) de Bartolomé de Las Casas se atribuye el origen de la leyenda negra de la conquista española de América.
Uno de los aspectos más devastadores de la conquista fue el impacto demográfico sobre las poblaciones indígenas. Junto al conquistador europeo arribaron al nuevo continente un conjunto de enfermedades infecciosas a las que la población nativa jamás había sido expuesta: viruela, sarampión, influenza y tifus.
Cuando los españoles llegaron a México en 1518, la población aborigen ascendía a unos 25 millones de habitantes. Diez años después había disminuido a 16,8 millones; para 1568 a 3 millones, y para 1618 a solo 1,6 millones. Entre 1545 y 1548 hubo otra gran oleada epidémica, quizá la peor, en la que se estima que murieron el ochenta por ciento de los indígenas, ya diezmados por la conquista y las primeras plagas.
Se calcula que entre 1519 y 1521 la viruela, el tifus, la gripe, las paperas y el sarampión, unidos a la guerra, la desnutrición y el hambre, mataron a unos nueve millones de indígenas en una población total que estaba entre los quince y los veintiocho millones en el actual territorio mexicano. Desde la llegada de Colón, unos 56 millones de aborígenes americanos, prácticamente el 95% de la población precolombina, habrían sido exterminados por los agentes biológicos, la destrucción de sus culturas ancestrales y los abusos de la conquista.
La conquista de América transformó el mundo. España estableció un imperio que se extendió desde California hasta la Patagonia, imponiendo su lengua, su religión y su cultura. El encuentro entre dos mundos dio lugar a una nueva identidad cultural y social, producto de la mezcla de los pueblos indígenas y los europeos.
Pero el proceso también tuvo un coste humano inconmensurable. Las epidemias, los trabajos forzados en las minas y las encomiendas, y las guerras de conquista provocaron una catástrofe demográfica sin precedentes. El debate sobre la legitimidad de la conquista, iniciado en Valladolid en el siglo XVI, sigue vivo hoy, con voces que reivindican la memoria de los pueblos originarios y otras que subrayan el legado de la Hispanidad.
Hoy, 12 de octubre, España y los países hispanoamericanos conmemoran el aniversario de aquel desembarco en Guanahaní. Una fecha que unos celebran como el Día de la Hispanidad y otros recuerdan como el inicio de la resistencia indígena. Más de cinco siglos después, el debate sobre 1492 sigue abierto. |