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11
Ago
2026
Bajo la sombra de la Luna PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - A Fondo
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Durante siglos los eclipses han provocado temor y fascinación en los pueblos

 

Este 12 de agosto, España volverá a oscurecerse bajo la sombra de la Luna por primera vez desde 1912. Sabremos exactamente qué está pasando: la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, y su sombra proyecta un cono de oscuridad sobre la superficie terrestre. Pero no siempre fue así. Durante milenios, los eclipses fueron un misterio aterrador que cada cultura intentó explicar a su manera. Y, curiosamente, casi todas llegaron a la misma conclusión: algo se estaba comiendo el Sol.

En la antigua China, un eclipse era un dragón celeste que se tragaba al Sol. La palabra china para eclipse, *shí*, significa literalmente "comer" . La gente salía a las calles con tambores, cacerolas y flechas para asustar al dragón y obligarlo a soltar su presa . La obsesión por vigilar al dragón dejó los registros de eclipses más antiguos que existen: casi tres mil años de anotaciones ininterrumpidas . Incluso se ejecutaba a los astrónomos reales si no predecían un eclipse a tiempo .

En la mitología hindú, el demonio Rahu se disfrazó de dios para robar el néctar de la inmortalidad. El Sol y la Luna lo delataron, y Vishnu le cortó la cabeza, pero el néctar ya le había tocado la garganta. La cabeza inmortal persigue desde entonces al Sol y la Luna, y cuando los atrapa y se los traga, se produce un eclipse. Pero como no tiene cuerpo, el Sol se le escapa por el cuello cortado segundos después. Por eso los eclipses terminan . Los astrónomos indios acabaron poniendo el nombre de Rahu y Ketu (su cola) a los dos puntos exactos de la órbita lunar donde ocurren los eclipses .

Para los vikingos, el Sol y la Luna huían constantemente de dos lobos gigantes, Sköll y Hati, que los perseguían desde el origen del mundo. Un eclipse era el momento en que los lobos casi alcanzaban a sus presas . Cuando finalmente las atrapen, comenzará el Ragnarök, el fin de todas las cosas . Los nórdicos gritaban y hacían ruido para asustar a los lobos durante el eclipse .

Japón tiene la excepción que confirma la regla. Allí, el Sol es una diosa, Amaterasu. Cuando su hermano la ofende, ella no es devorada por nadie. Se esconde en una cueva, sella la entrada con una roca, y el mundo se queda a oscuras. Los demás dioses intentan sacarla sin éxito, hasta que la diosa Ame-no-Uzume se pone a bailar de forma tan ridícula que todos estallan en carcajadas. Amaterasu, dentro, oye las risas, asoma la cabeza y la sacan afuera. Los japoneses no espantaron el eclipse con miedo. Lo sacaron con una fiesta .

Los mexicas creían que durante un eclipse el cielo se abría y bajaban las *tzitzimime*, mujeres-demonio hechas de estrellas, con esqueletos visibles y alas de obsidiana, dispuestas a devorar a la humanidad . Y aquí está el detalle más elegante de todo: durante un eclipse total, en pleno día, salen las estrellas. Para alguien sin conocimientos astronómicos, no hacía falta imaginar demonios. Bastaba con levantar la vista. Estaban ahí .

Los Batammaliba, en lo que hoy es Togo y Benín, contaban que en un eclipse el Sol y la Luna se estaban peleando porque la ira de los seres humanos había subido hasta el cielo y los había contagiado. Su respuesta no fue de tambores ni flechas. Salían a la calle a reconciliarse: a perdonar rencillas viejas, a hacer las paces con vecinos y familiares, para demostrarles a los dos astros que aquí abajo también se podía dejar de pelear .

Los antiguos griegos fueron los primeros en dar una explicación mecánica: Anaxágoras propuso en el siglo V a.C. que la Luna bloqueaba la luz del Sol . Pero la mayoría de las culturas vieron en los eclipses algo mucho más poderoso. Y, de alguna manera, no les faltaba razón: un eclipse total es la prueba de que el universo no es estático, de que el orden puede romperse, de que la oscuridad puede devorar la luz durante unos minutos. Ahora sabemos que es solo geometría. Pero la emoción que produce —esa mezcla de asombro y vértigo— sigue siendo la misma que sintieron los chinos al golpear sus tambores, los hindúes al recitar sus mantras y los mexicas al ver caer las estrellas.

Los eclipses han sido, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, algo más que un fenómeno astronómico. Fueron presagios, armas diplomáticas, instrumentos de guerra y, en un caso, la prueba que reescribió las leyes del universo. Una sucesión de momentos en los que el cielo se oscureció y el mundo cambió para siempre.

Todo empezó en el año 585 antes de Cristo. Durante años, los medos y los lidios habían estado en guerra, una lucha interminable que ninguno de los dos bandos lograba ganar. El 28 de mayo, mientras se libraba una batalla más en las orillas del río Halis, el cielo comenzó a oscurecerse. El sol desapareció y el día se convirtió en noche. Los soldados, aterrados por lo que creyeron una señal divina, detuvieron el combate al instante. Aquel eclipse no solo paralizó la batalla, sino que puso fin a la guerra.

Según el historiador Heródoto, el filósofo y científico Tales de Mileto había predicho el fenómeno. Si es cierto, sería uno de los primeros casos documentados de predicción astronómica exitosa. Los líderes de ambos bandos interpretaron el eclipse como un mensaje de los dioses: había llegado el momento de la paz. Poco después se firmó una tregua y, para afianzarla, se selló una alianza matrimonial entre las casas reales enemigas. Aquel eclipse no fue solo oscuridad, fue el fin de una guerra.

El evangelio de Marcos describe cómo, en el momento de la muerte de Jesús, "la oscuridad cayó sobre la tierra desde el mediodía hasta las tres de la tarde". Durante siglos, este episodio fue interpretado como un milagro. Pero la ciencia moderna ha encontrado una explicación más terrenal. La NASA ha identificado un eclipse lunar que ocurrió el viernes 3 de abril del año 33 d.C., una fecha que coincide con la cronología tradicional de la crucifixión.

Aquel día, la luna se tiñó de rojo sobre Jerusalén. Los evangelios no hablan de un eclipse solar, sino de una oscuridad que duró tres horas. Y un eclipse lunar, a diferencia de uno solar, no oscurece el cielo durante el día. Pero sí puede verse al atardecer, justo cuando, según los textos, Cristo expiró. La ciencia ha encontrado una fecha concreta para aquella oscuridad, pero la pregunta sigue siendo la misma que se hacía Tertuliano en el año 197: ¿fue un eclipse o un presagio?.

El 2 de agosto de 1133, un eclipse solar total oscureció el cielo sobre Inglaterra. El cronista Guillermo de Malmesbury lo interpretó como un presagio de desgracia para el rey Enrique I. Y no se equivocó. El rey murió dos años después, en 1135. La coincidencia fue suficiente para que el eclipse quedara grabado en la memoria histórica como un anuncio de muerte.

El 29 de febrero de 1504, Cristóbal Colón y su tripulación estaban varados en Jamaica, sin provisiones y con los nativos negándose a seguir alimentándolos. La supervivencia de la expedición estaba en juego. Colón llevaba consigo un almanaque astronómico que predecía un eclipse lunar total para aquella noche.

Convocó a los líderes nativos y les anunció que su dios estaba enfadado y que, como castigo, haría desaparecer la luna del cielo. Cuando la luna comenzó a oscurecerse y a teñirse de rojo, el efecto fue inmediato. Los indígenas, aterrorizados, suplicaron a Colón que intercediera ante su dios y reanudaron la entrega de alimentos. Colón tenía previsto hasta el momento exacto en que la luna volvería a aparecer, y así lo hizo. Aquel eclipse no fue un fenómeno natural, fue un arma diplomática que salvó a 230 hombres del hambre y la muerte. El navegante no descubrió un nuevo mundo aquella noche, pero se aseguró de volver a casa para contarlo.

El 29 de mayo de 1919, dos expediciones británicas viajaron a la isla de Príncipe, en el golfo de Guinea, y a la ciudad brasileña de Sobral. Su misión era observar un eclipse solar total y medir si la luz de las estrellas se desviaba al pasar cerca del Sol. Si lo hacía, Einstein tenía razón. Si no, Newton seguía en lo cierto.

Einstein había predicho que la gravedad curva el espacio-tiempo y que la luz de las estrellas se desviaría al pasar cerca de una masa tan grande como el Sol. Las placas fotográficas de 1919 confirmaron la desviación. La teoría de la relatividad general ya no era una hipótesis, era una realidad. Al día siguiente, Einstein era famoso en todo el mundo. Aquel eclipse no demostró una teoría, cambió nuestra comprensión del universo.

Desde el eclipse que detuvo una guerra en la antigüedad hasta el que confirmó la relatividad en el siglo XX, la historia de la humanidad está salpicada de momentos en los que el cielo se oscureció y el mundo cambió. Ahora, en 2026, España se prepara para vivir el primero de tres eclipses en tres años consecutivos. No sabemos si este eclipse detendrá una guerra, salvará una expedición o confirmará una nueva teoría. Pero si algo nos enseña la historia, es que nunca se debe subestimar lo que puede ocurrir cuando el sol desaparece.

 

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