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11
Sep
2026
El payaso de Rivas o la viralización del miedo PDF Imprimir E-mail
Zona Este - Rivas Vaciamadrid
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La Guardia Civil concluye que las cámaras no captaron a nadie en los lugares donde se hicieron las supuestas fotografías

En septiembre de 2026, los vecinos de Rivas-Vaciamadrid vivieron esto: un "payaso" aparecía de noche por calles y parques infantiles del municipio, y en algunas imágenes incluso sostenía un arma. El miedo se extendió con rapidez: padres que lo compartían en grupos de WhatsApp, niños que preguntaban en el colegio si el payaso era real, vecinos que organizaron batidas nocturnas para buscar a alguien que no existía.

Después, la Guardia Civil llegó a la conclusión: era un bulo generado con inteligencia artificial. Las cámaras de seguridad no mostraban a nadie con esas características, las imágenes tenían "sombras incoherentes, proporciones irreales" y una calidad deliberadamente baja, imposible de analizar. No había un solo testimonio verificable. Pero el pánico ya había hecho su trabajo. Nadie necesitaba ver al payaso. Bastaba con creer que estaba ahí.

El miedo es una de las emociones "más primitivas y efectivas" que existen. Cuando alguien siente miedo, el cerebro libera dopamina y adrenalina, y activa los mecanismos de atención y memoria. Eso significa que la información que te asusta la recuerdas mejor y la compartes más. El manual de identificación de operaciones psicológicas (PSYOP) del Ministerio de Defensa de Ucrania lo dice con claridad: "los mensajes que logran atraer a la audiencia y se basan en sus deseos, miedos y motivaciones son más efectivos". Las imágenes generadas por IA en Rivas tocaron exactamente las fibras más sensibles: noche, parques infantiles, una cara disfrazada, un arma. Es el relato ancestral del depredador que acecha en la oscuridad, solo que con un envoltorio tecnológico de 2026.

La idea tradicional es que un pánico se propaga porque el contenido es lo bastante impactante. Pero un estudio publicado en 2024 en el Journal of Personality and Social Psychology, con ocho investigaciones (incluyendo un análisis naturalista de 237.000 tuits y cinco experimentos), llegó a una conclusión distinta: la propia señal de viralidad es el combustible del pánico. El estudio encontró que "la viralidad amplifica la percepción de amenaza que supone una conducta desviada, lo que a su vez estimula la expresión de ira moral". Dicho de otro modo: cuando ves que un mensaje se está compartiendo masivamente, no solo piensas que puede ser verdad, sino que la amenaza que describe te parece más grave. Eso genera un bucle de retroalimentación: la información parece viralizarse → la gente percibe más amenaza → la gente expresa más indignación y comparte más → la información se viraliza más rápido. La señal de viralidad se convierte en sustituto de la evidencia. El caso de Rivas encaja perfectamente. Las imágenes generadas por IA no solo llevaban la imagen en sí, sino una señal implícita: "esto se está difundiendo, así que debe de ser importante, así que debe de ser verdad". Y esa señal fue más poderosa que el contenido.

Que un vecino reenvíe algo en un grupo de WhatsApp es una cosa. Cuando un cargo público o una institución habla, el pánico adquiere otra dimensión: legitimidad. En el caso de Rivas, la portavoz del PP, Janette Novo, publicó a las 2 de la mañana que una vecina "asustada" se había cruzado con el payaso y reclamó más patrullas nocturnas. Ese es el punto de inflexión. Cuando el pánico pasa del ámbito privado al público, de "he oído" a "alguien me representa y lo plantea formalmente", cambia de naturaleza. Ya no es un rumor de redes sociales: es un problema social que exige respuesta, debate y "solución". La investigación sobre "pánicos morales" en España señala que, en el entorno mediático actual, "los medios generan constantemente imágenes y narrativas sobre la desviación, destinadas a provocar la indignación pública y el pánico moral". Esa competencia por producir pánico hace que cualquier ansiedad social latente tenga posibilidades de ser activada.

Una PSYOP en sentido estricto es una "campaña planificada con objetivos claros, fases de implementación y resultados esperados", cuyo fin es "provocar pánico, sembrar el miedo, socavar la confianza en las instituciones". El caso de Rivas encaja en la plantilla de una PSYOP: material visual fabricado con IA, distribución a través de canales vecinales, amplificación por parte de actores políticos, respuesta oficial que llega demasiado tarde. La guía antipsyop del Ministerio de Defensa de Ucrania propone un método sencillo de detección: si una información te provoca una emoción negativa intensa, pregúntate dos cosas: ¿qué emoción concreta quiere despertar este mensaje? ¿A quién beneficia?. Pero no sabemos quién fabricó el caso de Rivas ni por qué. La Guardia Civil sigue investigando. Puede ser una PSYOP deliberada, un bulo que se le fue de las manos a alguien, o una prueba con herramientas de IA que se escapó de control. La afirmación más honesta es esta: sea cual sea la intención, el caso de Rivas demuestra hasta qué punto ha bajado el umbral mínimo para fabricar un pánico en el entorno digital. Una persona, un ordenador, un generador de imágenes con IA y unos cuantos grupos de WhatsApp bastan para que una ciudad entera pierda el sueño.

El caso de Rivas guarda un parecido estructural con el pánico de los "payasos diabólicos" de Fuenlabrada en 2016: ambos son relatos sobre la noche, los niños y una amenaza desconocida. Pero hay una diferencia de fondo: en 2016 el pánico se construía con relatos, textos y rumores. En 2026, se construye con "fotografías". Los indicios que señala la Guardia Civil —sombras incoherentes, proporciones irreales, calidad deliberadamente baja— apuntan a algo decisivo: el coste de fabricar una "prueba visual creíble" se ha desplomado hasta casi cero. Y lo más importante: cuanto peor es la calidad, más "eficaz" resulta. Una imagen borrosa deja espacio a la imaginación, que la rellena con los propios miedos. Una foto nítida y analizable se puede desmentir. Una foto borrosa e irrastreable solo se puede creer.

La lección real del caso de Rivas no es "no te creas las imágenes generadas con IA" (un consejo imposible de seguir), sino esto: cuando la velocidad de propagación del miedo es siempre mayor que la velocidad del desmentido, ¿a quién le importa la verdad?. La Guardia Civil confirmó que era falso. La Policía Local confirmó que no había pruebas. Pero los niños siguen preguntando en el colegio si el payaso es real. Una madre sigue despertándose a las 2 de la mañana por el mensaje de una vecina. Una portavoz política puede seguir diciendo, sin sonrojarse, que "la alarma social ya se ha instalado en el municipio". El pánico no necesita la verdad para empezar, ni la necesita para mantenerse. Solo necesita un detonante lo bastante ambiguo, un canal de propagación lo bastante rápido y una comunidad dispuesta a creérselo. El payaso de Rivas no existe. Pero el miedo es real. Y el coste de fabricar ese miedo, hoy, cabe en un generador de imágenes con IA.

 

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