El último desalojo pone el cierre a una historia que se ha prolongado casi cuarenta años
La historia de la discoteca Attica es la crónica de un sueño de la noche que se convirtió en pesadilla. Lo que empezó como un restaurante en la Nacional II se transformó en el templo del 'clubbing' de los 90, para acabar décadas después como un poblado chabolista que ha sido desalojado este verano de 2026. La vida del local, ubicado en el kilómetro 15 de la antigua carretera nacional II (a pesar de estar entre Coslada y San Fernando, el edificio forma parte del término municipal de Madrid), ha sido una sucesión de licencias, precintos, fiestas ilegales y, finalmente, un expediente de demolición que ha tardado más de 20 años en ejecutarse.
La historia comienza a principios de los 80, cuando un empresario abre un restaurante junto a la carretera. La Junta de Distrito de Barajas otorga la licencia correspondiente y el negocio funciona con normalidad. En 1987, los dueños alquilan el edificio durante diez años y los nuevos arrendatarios deciden convertirlo en una macrodiscoteca de dos plantas. Solicitaron el cambio de uso y la nueva licencia, pero la Junta de Barajas y el Ayuntamiento de Madrid lo denegaron. A pesar de ello, Attica abrió sus puertas con un estilo musical funky destinado al público estadounidense de la Base de Torrejón.
Dos años después, en plena efervescencia de la ruta del bakalao, los dos socios transforman el concepto del local, convirtiendo la discoteca en un 'after' donde podían escucharse los sonidos más underground de la capital. Attica no tardó en convertirse en un referente para los jóvenes de toda España, y en la primera parada (exceptuando Radikal en Alcalá y Bachatta en Torrejón) de esa ruta musical que unía Madrid y Valencia cada fin de semana. Por el "Infierno de Attica" (planta baja) y el "Cielo de Attica" (planta alta, con grandes ventanales por donde se colaba la luz del sol cada domingo por la mañana) pasaron algunos de los nombres más importantes de la música electrónica del momento, como Chimo Bayo o el mismísimo Abel Ramos, que ejerció de DJ residente ocasional.
Con la llegada de los 90, y cuando los medios comienzan a hablar de la ruta del bakalao, la discoteca empieza a tener problemas. Los vecinos de Coslada se quejan de los ruidos, y el entonces jefe de Policía, Ginés Jiménez, ordena el inicio de la "Operación Jarama". Los controles se intensifican y en octubre de 1994, el Ayuntamiento de Madrid ordena el cierre inmediato de Attica y su precinto al no tener licencia de funcionamiento, además de abrir un expediente de demolición por estar ubicado en terreno declarado rústico. Madrid, no obstante, mantiene la licencia de funcionamiento para el restaurante que ocupaba la terraza del edificio.
Los 'attikeros' no tuvieron que esperar mucho para la reapertura. Una semana después del precinto, el espíritu Attica se trasladaba a la discoteca Bachatta de Torrejón, en la Avenida de la Constitución. La aventura torrejonera duró apenas quince días, hasta que el alcalde José Pina ordenó el precinto por no contar con licencia de apertura. Los amantes del 'clubbing' volvieron entonces al Puente de San Fernando y, aprovechando que la terraza seguía abierta, organizaron las denominadas "fiestas secretas" de Attica, en las que no se abría oficialmente la discoteca, pero sí el acceso desde el restaurante. Las fiestas secretas terminaron de forma trágica en el verano de 1995, cuando un joven de 19 años, Pedro S., falleció a las puertas de la discoteca tras consumir varias drogas. Los dos socios fueron detenidos acusados de imprudencia temeraria por saltarse el precinto y organizar la fiesta.
Puestos en libertad, y en medio de una guerra mediática con el concejal de Urbanismo, al que acusaron de cobrar sobornos, los socios decidieron despedir Attica con una última gran fiesta el 6 de agosto de 1995. La "última fiesta" rompió de nuevo el precinto y llenó la terraza de la discoteca con la mejor música electrónica del momento.
El expediente de demolición iniciado en 1994 tardó 21 años en tramitarse. En 2015, el expediente volvió a ponerse en marcha, previendo la demolición de la discoteca y la terraza para el año siguiente, pero la situación de ocupación del espacio, que se había convertido en vivienda de 70 personas, volvió a paralizar el proceso. En 2018, la Policía Municipal inició el desalojo de las 70 personas de origen rumano que vivían en los restos del local como paso previo a la demolición. El desalojo comenzó a las ocho de la mañana por requerimiento judicial del Juzgado de Instrucción número 48 de Madrid.
Sin embargo, el problema no se resolvió. El asentamiento ilegal volvió a crecer sobre las ruinas de Attica, convirtiéndose en un poblado improvisado con tiendas de campaña, chabolas y estructuras levantadas con materiales de desecho, en condiciones de insalubridad. El poblado, que albergaba cerca de 20 infraviviendas, incluía electrodomésticos, conexiones ilegales a la red eléctrica y pequeñas zonas acondicionadas para el día a día. Según declaraciones recogidas por El Mundo, un carpintero de origen rumano se encargaba de construir estas viviendas, llegando a cobrar 7.000 euros por cada "bungalow".
La situación generó una creciente preocupación entre los vecinos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La investigación policial vinculó a varios de los residentes con grupos de carterismo que operaban en Madrid, y algunos de ellos habían llegado a ser detenidos hasta en más de 50 ocasiones.
El desalojo definitivo ha llegado en julio de 2026, después de que los propietarios del terreno, 14 titulares en total, lograran una nueva resolución judicial. La operación se produjo después de que, en un primer momento, la Justicia hubiera dado la razón a los okupas. En enero de 2026, el Tribunal de Instancia número 12 de Madrid absolvió a los ocupantes de un delito de usurpación al considerar que no había quedado acreditado que estuvieran viviendo en el solar y que "nadie les había comunicado de forma expresa que no podían permanecer en el lugar". La jueza argumentó que "no consta voluntad expresa por parte de los propietarios de oponerse a su estancia".
La nueva resolución judicial ha permitido ejecutar el desalojo. Durante el operativo, la Policía Nacional procedió a identificar a los ocupantes, vaciar el recinto y desmantelar todas las construcciones ilegales. Sin embargo, los okupas no se han ido muy lejos. Se han reasentado a apenas 100 metros de distancia, cruzando la A-2 para instalarse en una explanada entre la autovía M-21 y el río Jarama, llevándose todas las tablas de madera y materiales para volver a edificar sus viviendas.
El futuro de la parcela sigue siendo incierto. Lo que fue un templo de la noche, después un polvorín y, finalmente, un foco de delincuencia, queda ahora como un solar vacío. Pero la historia de Attica, como la de tantos otros lugares de la ruta del bakalao, no es solo la historia de una discoteca: es la historia de cómo el abandono y la dejadez de las administraciones pueden convertir un espacio de ocio en un problema social. |