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20
Abr
2020
Con el alma en vilo PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Otra mirada
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Foto cedida por CAMJesús Hernández Gallardo

¡Hay que ver estos chinos cómo se lo montan! Se les despendolan los murciélagos y nos montan un tiberio de contagios a lo bestia, sin comerlo ni beberlo. Lo peor de todo es que les ha pillado a estos del Gobierno en plena celebración del feminismo, en ésta propaganda de la Igualdad y con guantes morados. Las autoridades sanitarias del mundo ya lo pregonaron por los cuatro costados, pero se esperó a soltar el vocerío a la calle, aparecer en las fotos del morado más solidario y luego ya, al día siguiente, nos pertrechamos en casita, para burlar al virus chino, ese que tiene pinta de murciélago mezclado con garrapata y diente asesino.

Pero la cosa no es tan fiera como la pintan, decían estos del ministerio, porque es una gripecilla, algo subida de tono que nos va a desterrar de la vertical unas jornadas mal contadas. Se miraba de reojo a Italia, que se iban agobiando y alarmando a pasos agigantados, la cosa no iba bien, se les escapan las cifras, van cayendo uno tras otro ¡Ojo! que al murciélago se le ha puesto cara de asesino en serie. Los del ministerio pensaron que la cosa no es tan liviana, iban a encargar a los chinos unas atenciones sanitarias para cubrir las necesidades hospitalarias, para lidiar a este virus, que aparece con un veneno mortal en sus fauces.

La cosa de los envíos resultó como el tongo del tocomocho, todo caducado, sin validez real y pasado de rosca preventiva. Los demás confinados en casa, comprando rollos de papel sanitario y echando cuentas, porque la vida se pone dura sin trabajar. En el ministerio el filósofo se rodea de sabios, empiezan a cavilar y deciden dibujar una curva en la pizarra, van metiendo cifras y, a medida que se pasan páginas del calendario, la línea sube como un cohete, aquello no tiene derrote alguno. En los hospitales, entre que llegan los Epis y no, se lanzan a la cura de la enfermedad, los sanitarios como leones atajando en el cuerpo a cuerpo, se interponen al virus y van cayendo como moscas, contagiados en gran porcentaje y las bajas de enfermos van creciendo día tras día.

En la calle van cambiando las modas de los ciudadanos, ahora predominan los guantes, las mascarillas y la ropa holgada, cubriendo superficies corporales. Los supermercados se ven desbordados ante semejante avalancha de compra, nos untan de gel desinfectante y nos distancian unos de otros para evitar el virus de murciélago o lo que sea. A los estudiantes se les facilitan los aprobados en las materias cursadas y se dan por finalizadas las aglomeraciones estudiantiles en las aulas.

Mientras tanto la curva de la pizarra se obstina y sigue enfilada en vertical, la cosa asusta, las residencias de mayores son las que recogen de inmediato la agresividad del virus; el filósofo y sus sabios se tiran de los pelos viendo la masacre que hay montada. Los políticos en televisión dando la cara y tratando de minimizar la caótica situación. Se jalea a los sanitarios desde los balcones, reconociendo el valor y la sabiduría aportada contra el virus. Todo es una lucha sin cuartel en los hospitales, mientras los demás ciudadanos acuartelados en nuestros domicilios preservando a la calle de contagios y tratando de evitar que engorde la pandemia.

Al final tenían razón las autoridades sanitarias que avisaron desde fuera, la cosa era de gran magnitud. Ahora nos acordamos muchos de esas reuniones feministas que alimentaron al virus de contagios y multiplicaron cifras indebidamente. Parece que desde el ministerio, desde un principio, el filósofo y sus sabios han querido desviar todas las críticas a otras razones inconcretas.

Estamos ya con la curva que va enfocando su vértice para abajo, dejando en más de 20.000 el número de bajas, de gentes que se han ido antes de lo que merecían. Los atacados por el virus han quedado con sus pulmones tocados, hinchados en los momentos más críticos y con tiempo para recuperar toda la sanidad que han tenido tiempo atrás. Por otra parte los no infectados, que se sepa, o infectados pero asintomáticos, estamos todavía sin ánimos para henchir de aire nuestro pecho, quizá por temor o respeto a nuestros muertos. Y sigue la pesadilla.

Jesús Hernández Gallardo

Funcionario del Estado

Torrejón de Ardoz

 

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