Oraron en torno al Lignum Crucis para cerrar los Días de Pasión
El Viernes Santo en Madrid fue una jornada frenética, con siete procesiones recorriendo distintos puntos de la capital desde la tarde hasta bien entrada la noche. Miles de fieles se echaron a la calle para acompañar a sus imágenes, en un día que estuvo marcado por la solemnidad, la devoción y también por algún contratiempo.
La Hermandad de los Siete Dolores protagonizó una de las procesiones más destacadas de la jornada, iniciando su recorrido desde la Parroquia de Santa Cruz con el sonido de las campanas. El cortejo, encabezado por el Muñidor vestido de negro en señal de luto, estuvo formado por 404 hermanos que acompañaron la procesión con cirios de cera natural, creando un ambiente de silencio y recogimiento.
La imagen de la Virgen de los Siete Dolores, vestida completamente de negro con un largo manto y un rostrillo blanco, fue el centro de todas las miradas. Su corazón, atravesado por siete espadas, simboliza los momentos más duros de su vida. La hermandad mantiene una tradición muy antigua, que se remonta a 1590, cuando el rey Felipe II donó la imagen para su veneración. Desde 2023, la Virgen es llevada a hombros por anderos sobre un trono, recuperando una forma tradicional de portar las imágenes.
Sin embargo, la procesión vivió un momento inesperado a su paso por la Plaza Mayor. La comitiva se vio obligada a detenerse debido a un problema con uno de los elementos del paso. En concreto, un candelabro situado en el lado izquierdo presentaba inestabilidad y se movía de forma notable a pesar de la ausencia de viento. La incidencia se produjo en un contexto de cierta premura, ya que la procesión había salido con aproximadamente 20 minutos de retraso, lo que había llevado a los portadores a mantener un paso más ligero de lo habitual.
Tras detectar el problema, la organización decidió continuar el recorrido con mayor calma mientras esperaban la llegada de herramientas necesarias para asegurar correctamente el candelabro. La intervención permitió retomar la procesión con mayor seguridad, evitando así posibles incidentes durante el resto del trayecto.
A las 19:00 horas, la Basílica de Jesús de Medinaceli (plaza de Jesús, 2) fue el punto de partida de la procesión más multitudinaria del Viernes Santo: la de Nuestro Padre Jesús Nazareno, conocido popularmente como "el Señor de Madrid". Miles de fieles se agolparon en las calles del centro para acompañar a una imagen que congrega a devotos de toda la ciudad y de otras partes de España. El cortejo, acompañado por la Agrupación Musical La Expiración de Salamanca, recorrió la carrera de San Jerónimo y la calle Alcalá hasta llegar a la Puerta del Sol.
La emoción se desbordó cuando, desde un balcón de la mítica confitería Lhardy, la cantaora Diana Navarro interpretó una saeta a Jesús de Medinaceli. Su voz, rota por la emoción, recorrió las calles del centro mientras el Cristo avanzaba lentamente entre el mar de cirios y mantillas. La saeta, uno de los momentos más esperados de la noche, puso el broche musical a una procesión que ya es historia de la Semana Santa madrileña.
Acompañando al Cristo, Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad, una imagen que representa el dolor de María, completaba el cortejo, acompañada por la Banda de Música La Lira de Pozuelo de Alarcón.
También a las 19:00 horas, el Santísimo Cristo de los Alabarderos inició su estación de penitencia desde el Palacio Real, saliendo por la Puerta del Príncipe. Acompañado por la Guardia Real, cuyos alabarderos le dan nombre, el cortejo recorrió la Plaza de Oriente y la calle Bailén hasta llegar a la Catedral de la Almudena, donde se produjo un emotivo encuentro con María Inmaculada, Reina de los Ángeles, que salió al umbral de la Catedral Castrense para recibir a su Hijo. Ambos protagonizaron una mecida conjunta, un gesto de profunda devoción que simboliza el encuentro entre Madre e Hijo.
El Divino Cautivo, que había salido a las 18:30 horas desde la Catedral de la Almudena, recorrió las calles del centro hasta la Puerta del Sol, donde coincidió con el resto de procesiones.
El momento cumbre de la jornada llegó cuando la Puerta del Sol se convirtió en el escenario de un emotivo encuentro de hermandades. Las cofradías participantes se dispusieron en orden litúrgico: Divino Cautivo, Siete Dolores, Cristo de los Alabarderos, Santo Entierro (Cristo Yacente) y Virgen de la Paz. Todos los pasos se colocaron alrededor del Lignum Crucis del Santo Entierro, generando un ambiente de respeto y recogimiento que permitió a los fieles contemplar el simbolismo de la pasión y la muerte de Cristo.
A la llegada, se entonó la marcha 'La muerte no es el final', tras la cual el arzobispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín Muñoz, pronunció una oración. Antes de regresar a sus respectivas sedes, las hermandades pasaron frente a las autoridades situadas a las puertas de la Real Casa de Correos. Un acto de hermandad y recogimiento que, después del fiasco de 2025 por la lluvia, este año pudo celebrarse por fin, consolidándose como la imagen de la Semana Santa capitalina.
La noche aún guardaba un último momento de emoción. A las puertas de la Basílica de Jesús de Medinaceli, el Cristo se encontró con Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad. El instante, cargado de sentimiento y recogimiento, reunió a miles de fieles que siguieron con atención el breve, pero solemne cruce de ambas imágenes. La escena simboliza la unión del dolor de Cristo y de María, convirtiéndose en uno de los instantes más profundos de toda la jornada para los devotos.
Con este encuentro, Madrid puso el broche a un Viernes Santo histórico, en el que las siete procesiones, el incidente resuelto, las saetas y los encuentros se sucedieron sin descanso. La capital se volcó con sus imágenes, demostrando que la Semana Santa madrileña está más viva que nunca. Y mientras la Virgen de los Siete Dolores regresaba a su templo, Medinaceli entraba en su basílica, y los Alabarderos se despedían hasta el año que viene, los fieles se fueron a casa con la certeza de haber vivido una jornada para el recuerdo. |