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15
Feb
2026
La ACdP de Alcalá habló sobre los inmigrantes PDF Imprimir E-mail
Zona Este - Sociedad Alcalá
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Foto cedida por Obispado de Alcalá

Celebraron unas jornadas en la ciudad complutense

Con una sentida invocación al Espíritu Santo, se inauguraron las III Jornadas de Católicos y Vida Pública de Alcalá de Henares, organizadas por el Centro de la Asociación Católica de Propagandistas de la ciudad. El evento se centró en un tema de profunda relevancia y actualidad: las migraciones.

Jesús Prieto, secretario del Centro de la ACdP de Alcalá, fue el encargado de dar la bienvenida y agradecer la presencia de destacadas personalidades, incluyendo a Mons. Antonio Prieto Lucena, Obispo de Alcalá de Henares; María San Gil, vicesecretaria general de la ACdP; y el P. Francisco Javier Martínez, delegado de Migraciones de la Diócesis, entre otros. Prieto destacó la alegría de ver consolidarse estas jornadas, que ya se perfilan como una tradición a finales de enero.

En un discurso que subrayó el compromiso de la ACdP con la realidad social, Prieto enfatizó la complejidad del fenómeno migratorio, un tema que “está generando mucha discordia, mucho enfrentamiento entre la sociedad, también entre los católicos”. Por ello, el objetivo de las jornadas es abordarlo “a la luz del Evangelio, alejados de cualquier posicionamiento ideológico, guiados por la doctrina social de la Iglesia”. Citando al Papa León XIII, Prieto recordó que “la Iglesia como madre, camina con los que caminan donde el mundo ve una amenaza. Ella ve hijos donde se levantan muros. Ella construye puentes.”

Mons. Antonio Prieto Lucena, en su discurso inaugural, expresó su “honor y alegría” por estas jornadas, que en años anteriores abordaron la evangelización y la esperanza en un cambio de época. Este año, el foco en las migraciones, como un desafío para la dignidad humana y la justicia social, es “fundamental”. Recordó el deber de las naciones prósperas de acoger al extranjero, según el Catecismo de la Iglesia Católica, y los cuatro verbos articulados por el Papa Francisco para la respuesta pastoral de la Iglesia: acoger, proteger, promover e integrar. El obispo también citó las palabras del Levítico y del Evangelio, donde Jesús se identifica con los migrantes: “Fui forastero y me hospedasteis.” Finalizó agradeciendo a la ACdP por poner “luz sobre un tema que nos debe preocupar mucho como católicos y sobre el que no podemos permanecer indiferentes.”

María San Gil, vicesecretaria general de la ACdP, felicitó al centro de Alcalá por su dinamismo y valentía al abordar un tema tan “candente” y complejo. Destacó que el centro de Alcalá es “enormemente peculiar” por su intensa actividad, siendo estas las terceras jornadas que organizan, y la primera vez que el centro está formalmente constituido. Subrayó la importancia de la labor de los propagandistas en la calle, “haciendo apostolado de nuestra fe y enfrentándonos a los problemas reales de la vida”. San Gil concluyó elogiando la iniciativa de abordar las migraciones “a la luz de la fe, desde la misericordia, pero también desde el sentido común, desde la reflexión. Sin ánimo de polemizar, sino para construir una realidad en positivo”.

A continuación, tuvo lugar la ponencia “Una Iglesia acogedora y misionera” introducida por don José Ignacio Figueroa vicario episcopal Alcalá de henares. Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones, abordó el fenómeno migratorio como un “reto” del siglo XXI que interpela la dignidad humana y los “signos de los tiempos”. Inspirado en el documento episcopal “Una Iglesia acogedora y misionera”, el obispo destacó la importancia de la hospitalidad —donde en el encuentro con el forastero se descubre a Dios— y la misión, que se realiza hoy por “atracción” a través del testimonio de comunidades capaces de acoger en un mundo a menudo hostil.

La conferencia se fundamentó en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad infinita de la persona humana, el bien común con una perspectiva universalista (recordando que la migración puede traer “mayor bienestar y renovación social”), y el destino universal de los bienes, que defiende el derecho a migrar y a no migrar. Mons. García Cadiñanos enfatizó que el objetivo es poner a la persona migrante en el centro, fomentando una integración que no sea asimilación, sino un enriquecimiento mutuo y una nueva identidad para todos.

Finalmente, el obispo propuso siete líneas de acción para construir comunidades más acogedoras, incluyendo el cultivo de una profunda espiritualidad, la promoción de una mirada serena y positiva sobre la migración, la generación de encuentros personales transformadores y gestos comunitarios concretos de acogida. Ante la pregunta sobre la diversidad religiosa en las migraciones, invitó a verla como una oportunidad para el diálogo interreligioso y para reafirmar la propia identidad cristiana, buscando la equidad para evitar conflictos.

La tarde del viernes terminó con la ponencia del rector de la universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia, Higinio Marín Pedreño, con el título de “Caridad y Fronteras”, que contó con la socia del Centro de Alcalá de la ACdp, Miriam Esteban Benito, como moderadora.

El pensador murciano ofreció una provocadora disertación en la que abordó la migración desde una perspectiva antropológica y filosófica, argumentando que la libertad humana se construye a partir de prohibiciones fundacionales como el incesto y el canibalismo, que a su vez generan virtudes como la pietas familiar y la hospitalidad universal, la cual define a la humanidad.

Marín distinguió entre la hospitalidad doméstica y la institucional, sugiriendo que las exigencias de la caridad cristiana para un padre de familia no son las mismas que para instituciones dedicadas a la acogida. Puso en cuestión la asimilación acrítica de la hospitalidad ilimitada, señalando que la hospitalidad tradicional se refiere al “viajero”, al “transeúnte”, no a quien busca quedarse permanentemente. Argumentó que el hogar, la ciudad y la nación tienen límites necesarios para preservar su identidad y la seguridad de sus miembros, y que el huésped tiene el deber elemental de adoptar los hábitos del anfitrión.

Finalmente, el filósofo planteó la necesidad de que la Iglesia en España debata estas cuestiones con laicos cristianos, reconociendo que la caridad, aunque universal, tiene deberes que se ejercen con una ordinalidad que prioriza a los cercanos (familiares, vecinos, conciudadanos). Cuestionó la viabilidad del multiculturalismo y señaló la posible intencionalidad política de diluir patrones culturales dominantes a través de ciertas políticas migratorias, instando a una reflexión profunda sobre cómo la sociedad civil establece sus límites y los deberes del huésped para una integración pacífica y duradera.

El Oratorio de San Felipe Neri acogió una Hora Santa, dirigida por el Padre Mikel Cacho Ruiz, que contó con el acompañamiento musical del grupo de música “Ad Deum”, integrado por Valerie García (al violín y la voz) y Jannai Torné (al piano).

“El efecto de las migraciones en la transformación de la sociedad” fue el título de la primera disertación del día impartida por el economista Jorge Soley, y que contó con la conducción de la Socia del Centro de Alcalá de Henares de la ACdP, Bárbara Domínguez López. La exposición se centró en el fenómeno migratorio desde una perspectiva sociológica y económica, centrada en sus consecuencias para las sociedades de acogida. Soley subrayó desde el inicio la necesidad de distinguir entre refugiados —que huyen de una persecución real y merecen protección— y migrantes económicos, cuya llegada debe analizarse y regularse en función del bien común. Frente a los enfoques emotivos o ideológicos, defendió la importancia de comprender las dinámicas reales de la migración a partir de datos, sin perder de vista que detrás de las cifras hay personas concretas, tanto inmigrantes como ciudadanos del país receptor

El ponente explicó que la migración es un fenómeno complejo, condicionado por factores como la diferencia de renta entre países, la existencia de diásporas ya asentadas y, especialmente, la distancia cultural entre el país de origen y el de destino. A su juicio, la capacidad de integración es la clave para evitar la formación de guetos y los conflictos sociales asociados. Cuando la integración fracasa —advirtió— se incrementan los costes sociales y se debilita el modelo social del país de acogida, aunque reconoció también que la inmigración puede aportar elementos positivos en el ámbito económico, cultural y religioso.

Soley dedicó una parte sustancial de su intervención a analizar el caso español, que calificó de excepcional por la rapidez y magnitud del crecimiento de la población de origen extranjero en las últimas décadas. Según expuso, este proceso ha tenido un impacto directo en el mercado laboral, el sistema educativo, la sanidad, la vivienda y el estado del bienestar, poniendo en cuestión la idea de que la inmigración masiva pueda resolver problemas estructurales como el envejecimiento demográfico o la sostenibilidad de las pensiones. En este contexto, alertó de los riesgos de no regular los flujos migratorios y de confiar en una supuesta autorregulación.

En su conclusión, el economista defendió que no existe una única “migración”, sino migraciones diversas que deben ser gestionadas con realismo y responsabilidad política. Apoyándose en la doctrina social de la Iglesia, recordó que los Estados tienen derecho a proteger su patrimonio material y espiritual, y que la acogida debe ir acompañada del deber de los inmigrantes de respetar las leyes, la cultura y el bien común del país que los recibe. Regular la migración —concluyó— no es un acto de rechazo, sino una condición necesaria para preservar la cohesión social y la convivencia.

La penúltima intervención de las Jornadas fue una mesa redonda que tenía por título  “Acogidos, protegidos, promovidos e integrados”. El padre Francisco Javier Martínez Fernández, delegado de Migraciones de la diócesis de Alcalá de Henares, ejerció como moderador del encuentro. Desde el inicio subrayó que “la migración no son cifras, son personas, son historias, son heridas, son procesos, son ilusiones y también duelos”, e invitó a escuchar los testimonios “con una mirada desde el Evangelio y desde el corazón”.

Edwin Bernal, originario de Colombia, relató una historia marcada por la violencia, el secuestro y la amenaza constante, que le llevó a abandonar su país para proteger a su familia. Explicó que decidió emigrar para que sus hijos “conocieran que hay otras realidades y que no todo el mundo se vive con miedo”. Al llegar a España, destacó la experiencia de acogida en la parroquia como un auténtico hogar: “Cuando llegamos a España fue como cambiar de barrio en Colombia; salimos de una casa y llegamos a otra casa”.

Shushu María, procedente de China, compartió un testimonio centrado en su llegada a España por motivos académicos y su posterior conversión al cristianismo. Educada en un contexto comunista y sin referencias religiosas, explicó cómo su primer contacto con la fe se produjo de manera inesperada al entrar en la catedral de Alcalá: “Vi una cruz muy grande y supe que no era solo una persona, que era Dios”. Recordó con emoción el acompañamiento de las religiosas que la acogieron desde el primer momento y afirmó que la integración requiere humildad y prudencia por ambas partes: “La convivencia nos purifica a todos; los inmigrantes llegamos con nuestra historia y los que acogen también con sus límites”. Para ella, la acogida verdadera nace de gestos sencillos: “Tu sonrisa y tu cercanía pueden llegar al corazón de alguien que está solo y lejos de su familia”.

Declan Omemgboji, originario de Nigeria y residente en España desde hace casi veinte años, ofreció un testimonio marcado por el sufrimiento del viaje migratorio y la lucha diaria por mantener la fe en un contexto secularizado. Recordó que “cada inmigrante no solo persigue algo, muchas veces algo le persigue”, y definió la experiencia migratoria como “un misterio que sin el Espíritu de Dios es imposible comprender”. Señaló el choque cultural que supone llegar a una sociedad donde la fe no es algo compartido: “En África no hay nadie que no crea en Dios; aquí decir que crees parece algo extraño”. Para Declan, la fe ha sido el ancla para no perder la esperanza: “La Palabra de Dios es lo que me da aliento; en amor no hay temor, y solo así se puede acoger de verdad”.

El testimonio de Gerson Pérez se desarrolló como un relato vital marcado por la providencia, la fe y la experiencia concreta de un Dios que actúa en la historia. Músico y productor vinculado a la evangelización, Pérez subrayó desde el inicio que “el mayor título que puede tener una persona es saberse hijo de Dios”, por encima de cualquier éxito profesional o reconocimiento. Venezolano de origen, recordó su llegada a España hace once años junto a su esposa y su hija pequeña —con otra en camino— como el inicio de una aventura sostenida únicamente por la confianza en Dios y su cuidado constante.

El núcleo del testimonio giró en torno a la conversión de su padre, diagnosticado con un cáncer terminal cuando Gerson tenía siete años. Aquel hombre, alejado de la práctica religiosa, entró un día en una iglesia y, ante el Santísimo, pidió simplemente “vida para ver crecer a mis hijos”. Contra todo pronóstico médico, no solo llegó la curación física, sino una transformación profunda: su padre se convirtió en un evangelizador incansable en comunidades rurales, experiencia que marcó definitivamente la fe y la vocación de su hijo. Para Gerson, ese fue el verdadero milagro: “la sanación del corazón”.

La crónica culminó con el relato de su llegada a España, jalonada de episodios que el propio ponente describió como “improbables” y que atribuyó a la acción directa de Dios: billetes de avión regalados tras una oración concreta, ayudas inesperadas en el aeropuerto y una acogida providencial en medio de la precariedad. Lejos de presentar una fe ingenua, Pérez insistió en que decir “sí” a Dios no evita la prueba, pero da sentido a cada dificultad. Su intervención, acompañada de música y oración, dejó un mensaje claro: no basta con creer en Dios, “hay que creerle”, y atreverse a vivir confiando en que Él sigue caminando con quienes se ponen en sus manos.

La Santa Misa en la Capilla del Palacio Arzobispal, presidida por Mons. Juan Antonio Reig Pla, obispo emérito de Alcalá de Henares, fue el colofón y broche de gala para las III Jornadas del centro de Alcalá de Henares de la ACdP. El evento, a través de un diálogo desde múltiples perspectivas, sirvió para abordar una temática sobre la que es difícil encontrar información veraz y consistente, junto a consideraciones sosegadas -a la luz del Evangelio- que combinen al mismo tiempo la responsabilidad y la hospitalidad.

 

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