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28
Jul
2026
La guerra de Vallecas: cuando el estadio se convirtió en campo de batalla entre el Rayo y la Comunidad PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - A Fondo
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El Estadio es público desde la Guerra Civil

La Comunidad de Madrid ha hecho lo que parecía inevitable: extinguir la concesión del Estadio de Vallecas al Rayo para tomar el control de un recinto que acumula años de abandono. La decisión, anunciada este lunes, no es un golpe de efecto, sino el desenlace de una larga guerra entre el club que preside Raúl Martín Presa y el Gobierno regional que preside Isabel Díaz Ayuso. El estadio lleva años en el centro de una tormenta perfecta: un club que no invierte en mantenimiento, una afición que no quiere que el equipo se mueva de su barrio, y una Comunidad que, después de amenazar con la extinción de la concesión, ha decidido ejecutarla para poder hacer las obras urgentes que el Rayo ha rechazado sistemáticamente.

La falta de mantenimiento no es un secreto. La afición lo denuncia cada fin de semana y los informes técnicos lo confirman. En marzo de 2024, la Inspección Técnica de Edificios (ITE) detectó fisuras, grietas, armaduras expuestas, desprendimientos de material, mal estado general de las barandillas, humedades, baños en mal estado y salidas de emergencia bloqueadas. Todo ello mientras el equipo jugaba en Primera División y llegaba a una final europea.

La situación ha sido tal que el primer equipo ha tenido que exiliarse a la Ciudad del Fútbol de Las Rozas para poder entrenar en condiciones, mientras que en el filial, un acta arbitral describió un campo que ponía en riesgo a los jugadores, sin médico, sin camilleros, con el club local negando el spray evanescente a los árbitros. La lista de despropósitos, que incluye la falta de agua caliente en el vestuario visitante y una suciedad crónica, ha convertido el estadio en un foco de vergüenza para el fútbol español.

El conflicto de fondo no es el estado del estadio, sino su ubicación. El presidente del Rayo, Raúl Martín Presa, lleva años repitiendo la misma cantinela: "Si el Rayo no tiene un nuevo estadio, se muere". Su objetivo es construir un nuevo campo con capacidad para 40.000 espectadores fuera del distrito de Puente de Vallecas, donde el club no tiene espacio para crecer. Sus declaraciones son tan explícitas como inquietantes: "El Rayo, como se quede aquí, muere".

Pero la afición del Rayo, las peñas y la mayoría de los vecinos de Vallecas no están por la labor. "Vallecas arde si tenemos que irnos de aquí", corean en las gradas. La Comunidad de Madrid, consciente de que el estadio es propiedad autonómica y de que cualquier traslado sería un suicidio político, se ha posicionado claramente. Ayuso zanjó el debate hace meses: "El estadio se queda en su lugar, lo que haremos es reformarlo para su máxima seguridad, para que pueda ampliarse en localidades".

Pero la guerra por el suelo de Vallecas no es nueva. El estadio se levantó sobre el antiguo campo que ya existía en la calle Payaso Fofó, y en 1976 se reformó para que el Rayo, que había ascendido a Primera División, pudiera jugar en un recinto de mayor aforo. En 1998, en plena época de vacas gordas del fútbol, el club compró el estadio por 1.200 millones de pesetas, pero la deuda le obligó a devolverlo a la Comunidad de Madrid diez años después. Desde entonces, el gobierno regional es el propietario y el Rayo, el inquilino.

La historia del Campo de Vallecas comienza en 1914, cuando nace el Racing Club de Madrid, un equipo que, por su éxito, necesitó un estadio más grande que el que tenía en el Paseo de General Martínez Campos. El Racing Club de Madrid compró los terrenos en Vallecas, entonces un municipio independiente, para construir su nuevo estadio con capacidad para 15.000 espectadores, con un coste estimado de 800.000 pesetas. El estadio se inauguró en 1930 con un partido amistoso contra el Real Madrid .

El club no pudo soportar la deuda y la escasa asistencia de público, por lo que en 1931 tuvo que malvender el campo a una empresa de dirt-track (motocross) para intentar salvarse como entidad . El proyecto motero no funcionó y el estadio quedó en manos de la empresa. Curiosamente, la normativa de la época prohibía que en los estadios de fútbol se disputaran carreras de motos. Esto inhabilitó el Estadio Metropolitano del Atlético de Madrid, que buscó un nuevo hogar. El Atlético empezó a usar el campo de Vallecas en 1930 y, tras la venta, lo alquiló como su estadio local durante varias temporadas, entre 1930 y 1934 . También lo utilizó tras la Guerra Civil, entre 1939 y 1943, cuando el Régimen de Franco tuvo que rescatar el Estadio para adscribirlo a la Jefatura Provincial del Movimiento, utilizando durante cerca de un mes como Campo de Concentración.

Fue el Rayo Vallecano quien, tras su fundación en 1924 y varias décadas jugando en otros campos, se instaló definitivamente en un reformado Estadio de Vallecas en 1957, tras terminar unas obras que le tuvieron varios años jugando en el campo de "El Rodival". El Rayo llegó en régimen de alquiler a la cooperativa que lo gestionaba . El viejo campo se fue deteriorando hasta el punto de que en 1972 se declaró en "ruina" y peligro de derrumbe. El Rayo se mudó a Vallehermoso durante cuatro años mientras se construía el nuevo estadio en el mismo solar. El actual Estadio de Vallecas se inauguró el 6 de junio de 1976, con un partido de Segunda División contra el Valladolid .

En 1986, el Consejo Superior de Deportes (CSD), que dependía del Ministerio de Cultura, decidió ceder el Estadio de Vallecas a la Comunidad de Madrid. La operación fue impulsada por el entonces presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina (PSOE), y contó con el apoyo del Gobierno central. El CSD, que había adquirido el estadio como parte de su política de apoyo al deporte, lo traspasó a la Comunidad de Madrid para que esta lo gestionara directamente.

La etapa de Ruiz Mateos al frente del Rayo fue breve, pero intensa. Compró el club en 1991, después de que el Rayo lograra el ascenso a Primera División. Ruiz Mateos trasladó su estilo de gestión del mundo empresarial al fútbol. Su llegada se produjo en un momento de gran inestabilidad en el club, y su objetivo era darle estabilidad económica y deportiva. Pero su carácter controvertido y su falta de conocimiento del mundo del fútbol generaron tensiones.

Ruiz Mateos tenía un gran proyecto para el Rayo: construir una ciudad deportiva en la Dehesa de la Villa, en el distrito de Moncloa. El proyecto, que nunca se materializó, incluía campos de entrenamiento, un nuevo estadio y un centro de ocio. La idea era convertir al Rayo en un club de primer nivel, pero la falta de financiación y la oposición municipal y vecinal acabaron con el sueño. Ruiz Mateos solo estuvo al frente del Rayo durante dos años.

En abril de 1991, José María Ruiz-Mateos compró la mayoría de las acciones del Rayo y lo convirtió en Sociedad Anónima Deportiva (SAD) . Su inversión inicial fue de 285 millones de pesetas, con los que pagó deudas a corto plazo. En su primer año como presidente, el Rayo ascendió a Primera División con José Antonio Camacho como entrenador . Era la primera vez que el club llegaba a la élite después de 17 años de ausencia. En 1994, Ruiz-Mateos cedió la presidencia a su mujer, Teresa Rivero, convirtiéndose en la primera mujer en presidir un club de Primera División en España . Ella misma reconoció que no sabía nada de fútbol .

El punto de inflexión llegó en la temporada 1997-1998. El 18 de octubre de 1997, Teresa Rivero anunció que la familia Ruiz-Mateos ponía a la venta su paquete de acciones, cercano al 98%, y que su decisión era "irrevocable". El detonante fue el partido contra el Llega, en el que el árbitro expulsó a cuatro jugadores del Rayo . Ruiz-Mateos ordenó a su hijo que entregara las llaves del club en la Federación, aunque finalmente no se materializó. Ese mismo año, la familia ya había recibido ofertas por el club, aunque las negaron . La venta no se concretó, probablemente porque las ofertas no eran suficientes o porque los Ruiz-Mateos querían mantener el control del club como parte de su holding Nueva Rumasa .

En 1998, la familia seguía al frente del Rayo, pero la crisis financiera de su holding empresarial, Nueva Rumasa, se intensificaba. La Fiscalía ya investigaba al club por un presunto fraude fiscal de entre 1996 y 2002, que más tarde se saldaría con una condena de 7 años de prisión para Teresa Rivero y una multa de 17 millones de euros. La familia mantuvo el control hasta 2011, cuando, presionada por la afición, las deudas y el concurso de acreedores, vendió el club a Raúl Martín Presa, que sigue siendo el presidente actual .

Raúl Martín Presa es un hombre de negocios que pasó de la imprenta familiar a convertirse en el máximo accionista y presidente del Rayo Vallecano en una operación que fue más una asunción de deuda que una compra millonaria. Presa no pagó una fortuna por el Rayo. En mayo de 2011, compró el 98,6% de las acciones a la familia Ruiz-Mateos, que estaba ahogada por las deudas del club . La cifra que se repite en todas las crónicas es la de 961,66 euros . La compra era, en realidad, la asunción de una deuda de 40 millones de euros que el Rayo arrastraba, lo que llevó al club a declararse en concurso de acreedores semanas después de la toma de posesión. Su familia es dueña de Margi, un emporio de las artes gráficas y la publicidad con oficinas en Arganda del Rey, Sevilla y Torrejón de Ardoz, que su padre fundó y convirtió en una empresa líder en el sector .

Martín Presa no es un presidente al uso. Es el dueño del club y ejerce como un propietario absoluto . Su gestión y su figura han sido una fuente constante de conflicto interno. La afición del Rayo, a través de su grada de animación, los Bukaneros, le ha pedido en numerosas ocasiones que venda el club . Las tensiones son tan altas que el presidente no pasea por Vallecas y llega y se va del estadio en coche para evitar encontrarse con los aficionados . El descontento se ha extendido a los empleados, jugadores y directivos, que han descrito la gestión de Presa como autoritaria y carente de empatía . El propio presidente ha justificado esta distancia con declaraciones como: "Trato al equipo como a un hijo" .

La relación entre el club y su afición ha llegado a un punto crítico por el estado del estadio. El club ha sido acusado de dejar que el campo se deteriore deliberadamente para forzar una mudanza a un nuevo estadio fuera de Vallecas . La afición se moviliza con el lema "Vallecas arde si tenemos que irnos de aquí" . La Comunidad de Madrid, propietaria del recinto, ha utilizado una auditoría que refleja graves deficiencias de seguridad para extinguir la concesión y tomar el control de las obras . A esto se suma que, en 2022, Presa invitó a políticos de Vox al palco, una decisión que encendió los ánimos en un barrio obrero y que refleja el pulso político que rodea al club

La Comunidad de Madrid ha llegado a un punto de no retorno. La auditoría encargada por el Gobierno regional en octubre ha revelado "graves deficiencias de seguridad, salubridad y mantenimiento" que, según el consejero Mariano de Paco Serrano, hacen necesario tomar el control. "El club no está capacitado para ser concesionario de un espacio público", ha afirmado categóricamente.

El Rayo no aportó la documentación requerida, a pesar de haber tenido una prórroga, y las obras urgentes, que podrían durar entre dos y seis meses, obligarán a jugar los primeros partidos de la temporada fuera de casa. La nueva concesión tendrá "requerimientos más duros para que esto no se vuelva a repetir" y no tiene por qué recaer en el Rayo Vallecano. Es un golpe directo al club, que no solo pierde la gestión de su estadio sino también el control de su futuro.

Mientras la guerra institucional se libra en los despachos, los aficionados, los que llenan las gradas cada partido, son los que sufren las consecuencias. Llevan años denunciando el estado del estadio, la ausencia de mantenimiento y la falta de comunicación. Las peñas se mueven entre la ilusión de que el estadio se quede en el barrio y la desconfianza hacia el presidente y hacia la Comunidad de Madrid. El proyecto de reforma presentado por el Gobierno regional ha sido recibido con escepticismo: muchos dudan de que la inversión de 60 millones de euros vaya a materializarse y temen que el estadio pierda su esencia de templo de fútbol de barrio. La guerra por Vallecas no ha hecho más que empezar. El derribo del actual estadio y su sustitución por un recinto moderno en el mismo solar es una posibilidad real, pero la afición teme que la reforma, en lugar de mejorar las instalaciones, desdibuje la identidad de su barrio.

 

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