31
Oct
2026
Halloween 2026: Los cien nombres del Diablo Imprimir
Lente de Aumento - A Fondo
Compartir en MenéameCompartir en TuentiCompartir en Buzz it!Compartir en FacebookCompartir en Twitter

De Azazel a Baphomet, pasando por Hades, Ahriman y Lucifer: cómo cada civilización inventó su propio adversario y cómo la tradición cristiana los fundió a todos en una sola figura

El diablo no nació el mismo día en todos los idiomas. Tiene una biografía fragmentada, hecha de préstamos, traducciones y apropiaciones. Si pudiéramos ordenar sus nombres en una línea del tiempo, veríamos que cada época le puso una máscara nueva, y que la suma de todas ellas es la figura que hoy reconocemos. Este es ese viaje. Y conviene hacerlo con la luz encendida, porque la historia de sus nombres es, en realidad, la historia de nuestros miedos.

Antes de que existiera el diablo, existía la idea de un obstáculo. La palabra hebrea **śāṭān** significaba "adversario", "oponente", y se aplicaba a cualquiera que se pusiera en medio: un enemigo en la guerra, un ángel que bloqueaba un camino. En el libro de Job, el *śāṭān* es una especie de fiscal celestial que apuesta con Dios por la fe de un hombre justo. No es el mal: es la duda. Y la duda, en la oscuridad, es una puerta que se abre despacio.

Junto a él aparece **Azazel**, el nombre del macho cabrío que se enviaba al desierto cargado con los pecados de Israel. El Levítico lo menciona como parte del ritual del Día de la Expiación. La tradición posterior lo convertiría en ángel caído, en maestro de la guerra y de las joyas, en habitante del abismo. Es el primer nombre que se asocia a un lugar maldito: el desierto, el vacío, lo que no pertenece al mundo de los vivos. El primero de una larga lista de nombres que se susurran, nunca se gritan.

Mientras en Israel se hablaba de adversarios y chivos expiatorios, en Persia el mal ya tenía nombre y rango. **Ahriman**, o *Angra Mainyu*, era el "espíritu maligno" del zoroastrismo, el hermano gemelo de Spenta Mainyu, el espíritu santo. No era un ángel caído: existía desde el principio de los tiempos, eligió el mal por voluntad propia y creó las enfermedades, la oscuridad y la muerte. Su ejército de *daivas* combatía contra las fuerzas del bien, y al final de los tiempos sería derrotado.

El zoroastrismo no era monoteísta, sino dualista: dos principios eternos que se enfrentan. Y esa estructura, la de un adversario cósmico con ejército propio, pasaría al cristianismo a través del judaísmo del Segundo Templo. Ahriman no es Satán, pero ocupa el mismo espacio mental: el lugar donde el mal deja de ser una elección humana y se convierte en una fuerza organizada. En una fuerza que, en la oscuridad, parece tener nombre y voluntad propia.

En las lenguas semíticas, **Baal** significaba "señor" o "amo". Era un título que se aplicaba a distintas divinidades cananeas, especialmente al dios de la tormenta, la lluvia y la fertilidad. Los profetas de Israel lo convirtieron en el enemigo absoluto: la idolatría personificada, el culto que había que extirpar. La asociación con Satanás fue progresiva: primero fue un dios rival; después, un demonio. Es el patrón que se repite en toda la historia de las religiones: el dios del vecino siempre acaba siendo el diablo.

Junto a Baal aparece **Moloch**, la divinidad cananea vinculada a los sacrificios de niños. Los textos bíblicos lo mencionan con horror, y la tradición posterior lo convirtió en uno de los demonios más temidos. Es el nombre del mal cuando se disfraza de religión. El que se pronuncia en voz baja, porque quien lo invoca ya ha cruzado una línea.

En Grecia, **Hades** no era el diablo. Era el rey del inframundo, el hermano de Zeus y Poseidón, el que gobernaba sobre los muertos con severidad implacable pero sin maldad intrínseca. Los romanos lo llamaron **Plutón**, "el rico", porque era el dueño de los metales y las riquezas bajo la tierra. En la iconografía clásica, aparece como un hombre majestuoso, de barba, con un cetro o una cornucopia.

La tradición cristiana lo demonizó. En el arte bizantino de la Anástasis, Hades aparece como el rey del abismo, encadenado, vencido por Cristo. Poco a poco, su imagen se fue fundiendo con la de Satán: el señor de los muertos se convirtió en el señor del mal. El dios pagano del inframundo se transformó en el diablo cristiano, y su reino de sombras en el infierno de fuego.

En ese mismo período, el griego **diábolos** significaba "calumniador", "difamador", "el que acusa en falso". Es la misma raíz que *diabállein*, "lanzar a través", "separar". El diablo, en su origen etimológico, no es el que hace el mal: es el que lo dice. El que divide con la lengua. Y el griego **daímōn**, que originalmente designaba a un ser intermedio, un mensajero entre los dioses y los hombres, se convirtió, por obra del cristianismo, en el **demonio**: el espíritu maligno. El mensajero cuyo mensaje ya no nos gusta.

Con el cristianismo, todos esos nombres se fundieron en una sola figura: el Gran Adversario, el príncipe de las tinieblas, el enemigo de Dios y de los hombres.

**Lucifer** fue el más literario de todos. En latín, *lucifer* significa "portador de luz": *lux* y *ferre*. Era el nombre de la estrella de la mañana, Venus, la que anuncia el amanecer. En el libro de Isaías, el profeta se burla del rey de Babilonia llamándolo *Helel ben Shahar*, "el resplandeciente, hijo de la aurora". La traducción griega de los Setenta usó *Eosforos*, "el que trae la aurora". La Vulgata latina lo vertió como *Lucifer*. Y los Padres de la Iglesia aplicaron ese pasaje a la caída de Satanás. Así nació el ángel más hermoso, el que quiso ser como Dios y cayó como un rayo. La estrella de la mañana, la que anuncia la luz, se transformó en el príncipe de las tinieblas. La inversión no pudo ser más perfecta.

**Belcebú** apareció en el Nuevo Testamento como *Beelzeboul*, y los adversarios de Jesús lo acusaron de expulsar demonios "por Beelzebul, príncipe de los demonios". La tradición lo vinculó a Baal-Zebub, una divinidad filistea, y popularizó la traducción "Señor de las moscas". Pero nadie sabe con certeza qué significaba *zebul*: algunos filólogos creen que significaba "príncipe", lo que daría "Baal el príncipe". El nombre del diablo podría ser una errata. Y la errata, con los siglos, se convirtió en dogma.

**Belial** aparece en la Segunda Carta a los Corintios como sinónimo de Satanás: "¿Qué concordia hay entre Cristo y Belial?". Su nombre hebreo significa "sin valor", "maldad" o "ruina". En los textos judíos del Segundo Templo, Belial se convirtió en el líder de las fuerzas del mal, el adversario de Dios que tienta a los hombres hacia la idolatría.

**Abaddón**, en el Apocalipsis, es el "ángel del abismo", el que libera a las langostas que atormentan a los hombres. Su nombre significa "destrucción" o "perdición". Es el nombre del diablo cuando no le queda nada que hacer salvo arrasar.

**Mammón** no es un nombre propio en origen: es una palabra aramea que significa "riqueza" o "caudal". Jesús advierte de que no se puede servir a Dios y a Mammón. La tradición lo personificó como un demonio de la avaricia, el que susurra que el dinero es la única medida del valor.

En la astrología medieval, **Saturno** era el planeta más lento, el más frío y el más lejano. Se le asociaba con el humor melancólico, y la melancolía no era solo una tristeza: era una enfermedad del alma que abría la puerta a la acción del demonio. Los textos de la época llegan a decir que "la melancolía es el baño del demonio". Y como Saturno regía ese humor, se convirtió en el "planeta demoníaco" por excelencia. Se creía que su influjo provocaba guerras, hambrunas, epidemias y herejías. La fusión llegó a ser explícita: a ciertos demonios, como Asmodeo, se les llamaba también "Saturno" en las leyendas salomónicas. El dios del tiempo que devora a sus hijos se convirtió en el señor de los melancólicos, de los insomnes, de los que miran al cielo en la noche y no encuentran consuelo.

En el Corán, **Iblís** es el nombre propio del diablo, el yinn o ángel que se negó a postrarse ante Adán por orgullo y fue expulsado de la presencia divina. Su nombre se ha relacionado con la raíz árabe que significa "desesperación", porque perdió toda esperanza de misericordia. Es el mismo personaje que el Satán bíblico, pero con una historia diferente: no es un rebelde que quiso ser como Dios, sino un ser que se consideró superior a los humanos por estar hecho de fuego y no de barro.

**Baphomet** no es antiguo. Es un invento. El nombre aparece en los documentos del proceso contra los templarios, acusados de adorar a un ídolo llamado Baphomet. No está claro qué significaba la palabra, y muchos historiadores consideran que las acusaciones fueron fabricadas para justificar la disolución de la orden. La imagen que hoy asociamos a Baphomet —figura humana con cabeza de macho cabrío, alas, pechos y símbolos alquímicos— no es medieval. Fue creada en el siglo XIX por el ocultista francés Éliphas Lévi como una representación simbólica de la unión de los contrarios: lo humano y lo animal, lo masculino y lo femenino, lo divino y lo demoníaco. Baphomet no era un demonio bíblico ni un dios cananeo. Es un collage. Y, sin embargo, hoy preside altares, aparece en camisetas y se ha convertido en la cara más reconocible del satanismo moderno. El mal, cuando no encuentra un nombre antiguo, se lo inventa.

Hay una tradición rabínica según la cual el nombre de Dios no se puede pronunciar. Es demasiado sagrado, demasiado peligroso. Al escribirlo, se sustituye por cuatro letras que no se leen: el Tetragrámaton, YHWH.

Al diablo, en cambio, le hemos hecho lo contrario. Le hemos puesto cien nombres, los hemos traducido, los hemos tergiversado, los hemos convertido en personajes de novela y de cine. Le hemos dado cuernos, alas, tridente y una sonrisa. Y, al hacerlo, le hemos quitado algo de su poder. Porque el mal, cuando tiene nombre, se puede contar. Y lo que se cuenta, aunque sea en una noche de Halloween, deja de ser del todo aterrador. Lo que da miedo es lo que no tiene nombre. Lo que se queda en el hueco entre dos palabras. Lo que no se puede rastrear en ningún diccionario.

Esta noche, cuando el reloj marque esa hora que cada casa tiene la suya, no pienses en Satán ni en Lucifer ni en Baphomet. Piensa en el adversario sin nombre, en el acusador sin rostro, en el mensajero cuyo mensaje no has querido escuchar. Ese es el único diablo que existe. Y no está en ningún libro. Está en el silencio que dejas cuando apagas la luz. A las 3:33, si te despiertas sin motivo, no busques la causa. Ya la conoces.