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24
Jul
2017
Barcelona 92: La noche en que dos torrejoneros asombraron al mundo PDF Imprimir E-mail
Lente de Aumento - Torrejón Secreto
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Antonio Rebollo encendió el pebetero con una flecha creada por Reyes Abades hace hoy 25 años

22:40 de la noche. El mundo entero está pendiente de una flecha que surca los cielos de Montjuic para dar por inaugurados los XXV Juegos Olímpicos de la Historia Moderna, y los primeros celebrados en España. Y los artífices del “milagro” no fueron otros que dos torrejoneros, Antonio Rebollo y Reyes Abades.

Rebollo, arquero que, por aquel entonces, era ya uno de los principales medallistas paralímpicos del país (se había traído una plata de Los Ángeles 94 y un bronce de Seul 88, además de ser nueve veces campeón de España y, en 1989, campeón de Europa. Después de su “proeza” conseguiría otra medalla, la plata por equipos de Barcelona), fue el elegido para entrar en la historia tras ser el mejor de un casting de más de doscientos arqueros.

Pero su historia comienza mucho antes, en concreto un 19 de junio de 1955, cuando Antonio nace en Madrid. Con tan sólo ocho meses sufre la polio, una enfermedad que le deja secuelas en las dos piernas, pero especialmente en la derecha.

Rebollo crece y encuentra trabajo como ebanista en la Base de Torrejón, donde instala su residencia, y compagina su trabajo en el mantenimiento de aviones con su pasión por la caza. De allí al tiro deportivo hubo sólo un paso, entrando en el equipo nacional tanto olímpico como paralímpico. Pero el seleccionador nacional, a pesar de ser uno de los valores centrales del tiro con arco español, decide no llevarle a Barcelona como miembro del Equipo Olímpico, haciendo que Rebollo centre todos sus esfuerzos en preparar los Juegos Paralímpicos.

Pero la sorpresa llegaría en la Navidad de 1991, cuando Antonio es seleccionado, junto a otros doscientos arqueros para comenzar el “casting” que cambiaría su vida. Y es que el productor de la ceremonia de inauguración de los Juegos decidió que, como homenaje a la cultura mediterránea, el pebetero, que hasta entonces se había encendido con atletas subiendo las escaleras hasta dejar el fuego sagrado, se encendería con una flecha de fuego lanzada por un arquero, algo que, si en la cabeza de Ric Birch sonaba muy bien no era tan fácil llevar a la práctica.

Tras hacer distintas pruebas llegaron a la conclusión de que sólo un arco de los utilizados en caza podría soportar una flecha lo suficientemente grande para poder ser vista a través de televisión durante el vuelo que debía incendiar el pebetero, por lo que centraron su búsqueda en arqueros capaces de la proeza teniendo muy claro el perfil que buscaban. Así Antonio se fue a Montjuic para pasar seis meses de pruebas en todas las condiciones climáticas imaginables, y luchando por ser el elegido. De los doscientos enseguida quedaron sólo cuatro, y de ellos, dos finalistas, Antonio Rebollo, y el joven catalán Joan Bozo. Pero la organización lo tenía claro, y aunque el torrejonero no lo supo hasta que ya había comenzado la Ceremonia de Inauguración, su nombre siempre fue el primero, y no necesariamente por sus cualidades en el tiro, si no porque vivía en Torrejón.

Y es que el "milagro" de Montjuic se gestó mucho tiempo antes en la localidad torrejonera. Allí Reyes Abades preparó durante meses la flecha que debía colocar a Barcelona en el mapa olímpico, y lo hizo en su taller, donde todavía descansa la flecha mágica. Rebollo y Abades ensayaron el tiro perfecto, un disparo que debía sobrecoger al mundo. Y la cosa no fue fácil. Hasta ocho prototipos tuvo que crear Abades antes de encontrar la flecha perfecta, además de modificar la fisonomía interna para conseguir que no se apagase durante el vuelo. Pero a finales de julio la flecha estuvo terminada, comenzando un viaje a Barcelona que cambiaría su vida.

La Ceremonia, de más de tres horas de duración, y en la que las culturas española y catalana se mezclaron a la perfección, alcanzaba su punto culminante a eso de las diez de la noche, cuando el, por entonces, Príncipe Felipe encabezaba una delegación de 430 atletas dispuestos a hacer que España diese un salto de calidad deportivo sin precedentes. Antes de la entrada de la Delegación Española, La Fura Dels Baus había sobrecogido al Estadio con una representación rompedora del mito del nacimiento de Barcelona.

Y desde entonces la Gala no dejó de crecer en intensidad: el Rey Juan Carlos daba por inaugurados los Juegos antes de que José Manuel Abascal, Blanca Fernández Ochoa, Jordi Llopart y José Luis Doreste, entre otros medallistas, hicieran entrar la Bandera Olímpica. A las diez y media el Estadio se quedaba a oscuras para ver entrar al penúltimo portador de la antorcha, el piragüista Herminio Menéndez, que, tras dar la vuelta a todo el estadio, entregó el fuego sagrado al mismísimo Epi, que, cruzando un mar de atletas de todo el planeta, llegó hasta donde le esperaba Antonio Rebollo.

Y entonces, ocurrió: ante los ojos de 3.500 millones de espectadores, el torrejonero lanzaba la flecha que cruzaba, tal y como estaba previsto, una distancia de 86 metros hasta el pebetero situado a 67 metros de altura sobre el Estadio. La flecha incendiada, cuyo fuego quemaba las manos del arquero por la dirección del viento, salió disparada para, tres segundos más tarde, encender el pebetero en la, para muchos, mejor inauguración de unos Juegos Olímpicos nunca celebrada.

Eso sí, la flecha no entró en el pebetero, porque eso no era lo previsto, sino que sobrevoló el cielo para caer fuera del estadio, haciendo que, al pasar sobre el pebetero, inflamase el gas que llenaba el recipiente provocando una llamarada de tres metros de altura que emocionó al mundo. Y es que lo que ocurrió en la noche del 25 de julio de 1992 no fue nada más y nada menos que un efecto especial de Reyes Abades. El torrejonero diseñó hasta el último milímetro lo que debía ocurrir en los doce segundos entre la llegada de Epi y el encendido del pebetero (doce segundos, porque ese era el tiempo que tardaría la llama en apagarse). Abades estudió el tiro de cámara y prohibió que hubiese otros planos (una cadena norteamericana rompió la magia a los pocos días mostrando lo que ocurría fuera del Estadio), organizó, con Rebollo, las marcas en el suelo, y ensayaron una y mil veces la coreografía: Rebollo espera a Epi con la flecha preparada, la enciende, se gira, se coloca en posición, dispara y enciende el pebetero.

Y, después de 16 días en que Barcelona fue el epicentro deportivo del planeta, la llama olímpica se apagó, aunque Antonio volvió a encenderla tan sólo unos días después en la inauguración de los Juegos Paralímpicos. Desde entonces, el arquero regresó a su trabajo en la Base de Torrejón, y, aunque ha tenido puestos directivos en la Federación de Tiro con Arco, logró regresar al anonimato. En cuanto a Reyes Abades, su carrera continuó consagrándole como el rey de los efectos especiales en cine y televisión, algo que le ha valido la friolera de nueve Premios Goya. Pero Rebollo y Abades nunca olvidarán el día en que hicieron soñar al mundo con una flecha voladora en una noche mágica del verano del 92.

 

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