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16
Ago
2011
Juego de espejos PDF Imprimir E-mail
Punto D Vista - Mira Telescópica
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La Bolsa funciona de forma parecida a un juego de espejos enfrentadosCuando dos espejos se ponen frente a frente se dice que forman un juego de espejos venecianos, debido a que el reflejo mutuo de una imagen sobre la superficie del otro espejo reproduce la misma una y otra vez hasta perderse en el infinito, si bien deformándola cada vez un poco más y reduciendo su tamaño.

La sabiduría popular afirma que en el campo de actuación de ambos espejos se crea un microclima especial que no debe romperse interponiéndose en medio, pues eso traerá la desgracia a aquel que ose interrumpir el equilibrio eterno de los espejos.

La Bolsa funciona de una forma más o menos similar: las decisiones que se toman al decidir comprar o vender acciones tienen efecto directo y reflejo sobre otras acciones de otros valores, es decir, como vasos comunicantes, el dinero ni se crea ni se destruye, sólo se trasvasa de un lado hacia otro, manteniendo así el equilibrio.

Pero a veces, elementos externos osan interrumpir ese juego de espejos. Elementos a los que la volatilidad les suena a pérdida de votos y necesitarían bastante más de dos tardes para entender el funcionamiento de un sistema del que depende el crecimiento económico de la sociedad internacional.

Esos elementos han decidido, mediante una decisión abiertamente absurda y cortoplacista, romper, no ya el equilibrio entre los espejos, sino deformar la imagen tapando uno de los mismos: los organismos económicos europeos decidían la semana pasada prohibir las operaciones de compra a la baja, lo que ellos llaman operaciones especulativas, y que, en el fondo, son la única base en la que se asienta el sistema financiero. No en vano, especulare tiene la misma raíz que especulum, espejo.

Las operaciones de compra permiten conseguir dinero rápido y fácil, justo lo que buscan aquellos que entran en la Bolsa. Una decisión como la tomada por los políticos europeos sólo servirá para expulsar del sistema a los pequeños inversores, que sacarán su dinero del sistema con la consiguiente caída de beneficios que eso conlleva.

La Bolsa se quedará única y exclusivamente para grandes inversores, v.g. bancos, que  buscarán la mayor rentabilidad, es decir, bonos y deuda, mientras que todos los demás, incluidos empresas, tarde o temprano, abandonarán el barco. Ni que decir tiene que una Bolsa en la que no haya movimiento estará oficialmente muerta en muy poco tiempo, y, lo que es mucho más grave, con enormes dificultades para resucitar.

Además, el refugio de esos inversores menos arriesgados serán los bonos estatales, un mercado abiertamente intervenido, como demostraba el Banco Central Europeo la semana pasada, y que carece del menor rigor económico. La decisión del BCE de comprar bonos españoles e italianos con la consiguiente caída de los diferenciales de deuda puso de manifiesto algo que se intuía pero nunca se había visto tan a las claras: el mercado de la deuda es una gran mentira mantenida por Estados, gobiernos y organismos internacionales y dedicada, única y exclusivamente, a engañar a los pocos inversores que todavía confían en unos productos financieros que se venden como los más seguros pero que carecen de la menor fiabilidad.

Pero los políticos conseguirán lo que pretenden: transmitir la idea de que las Bolsas vuelven a ser estables y que el sistema ha superado una nueva crisis, craso error que acabará estallándoles en las manos, si bien puede permitirles ganar un par de elecciones.

Y es que la volatibilidad en las Bolsas no es en absoluto un problema, salvo de cara a venderlo a la opinión pública. Las subidas vertiginosas acompañadas de increíbles caídas en muy poco tiempo provocan que el sistema financiero se fortalezca a sí mismo buscando valores más fuertes y que aguanten mejor las embestidas del mercado.

Los supuestos ataques organizados actúan como una vacuna que permite al sistema hacerse mucho más fuerte de cara al futuro, pero si se corta la “infección”, el sistema es incapaz de crear los medios para protegerse y se encontrará mucho más vulnerable cuando tenga que enfrentarse al mundo real. Es el síndrome del “niño burbuja” aplicado a la economía bursátil, y que tiene tremendas implicaciones en todos los aspectos.

De todas formas, el gran problema llegará cuando se levante la restricción: los espejos venecianos tratarán de recuperar el equilibrio eliminando todo aquello que se interponga en medio, incluidas las medidas llevadas a cabo por los políticos, con los vaivenes que eso pueda provocar.

Para terminar, solo un dato para la reflexión: días antes del Crack de Nueva York se puso en marcha una medida muy parecida a esta prohibición de las operaciones de compra...

 

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