08
May
2026
La Casa de Campo cumple 95 años Imprimir
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Foto cedida por Ayuntamiento de MadridSe abrió a los madrileños durante la República

La Casa de Campo de Madrid cumple 95 años desde que se abrió definitivamente al pueblo el 6 de mayo de 1931, durante la Segunda República. Con más de 1.700 hectáreas, supera en extensión a Central Park en Nueva York, a Hyde Park en Londres y al Bosque de Bolonia en París. Pero la cifra real se reduce por las ocupaciones del Club de Campo, el Parque de Atracciones, el Zoo, la Venta del Batán, el Teleférico, carreteras, vías ferroviarias e incluso viviendas adosadas a su muro histórico.

El 1 de mayo de 1931, una multitud se agolpaba a las puertas de la finca. No era una manifestación obrera, aunque el día invitara a pensar lo contrario. Era una marea de vecinos que, por primera vez en siglos, podía cruzar la verja que separaba Madrid de aquel enclave prohibido. La Casa de Campo, coto privado de caza de la Corona desde tiempos de Felipe II, abría sus puertas al pueblo. Y el pueblo entró. En masa. Tanto que cinco días después el alcalde Pedro Rico tuvo que salir a dar explicaciones. "La Casa de Campo no es sitio de orgías, francachelas y merendonas", advirtió. Pero los madrileños, fieles a su estilo, hicieron caso omiso. Y durante 95 años no han parado de merendar, correr, pasear y enamorarse bajo sus pinos.

La historia de este pulmón comienza en el mismo momento en que Madrid se convierte en capital. Felipe II, un rey al que le gustaba tenerlo todo cerca, decidió que necesitaba un lugar de recreo y caza al oeste del Manzanares. Compró terrenos a la familia Vargas —que ya tenía allí una finca con palacete— y los fue ampliando hasta crear una vasta propiedad que unía el Alcázar con el cazadero de El Pardo . La idea no solo era cazar, sino también huir del protocolo. La Casa de Campo era el refugio privado del monarca, un espacio vedado a los súbditos donde relajarse sin ser visto.

Con los años, Austrias y Borbones fueron añadiendo su toque personal. Fernando VI la declaró Bosque Real. Carlos III introdujo la agricultura y la ganadería. José Bonaparte, que se sentía más cómodo aquí que en el Palacio Real, redecoró sus estancias al gusto Imperio . La finca se llenó de fuentes, jardines italianos y una famosa gruta manierista conocida como la "sala de las burlas". Era, en esencia, el jardín secreto de la monarquía. Un placer prohibido para los ojos de los demás.

Esa exclusividad se derrumbó el 14 de abril de 1931. Con la proclamación de la Segunda República, los bienes de la Corona pasaron al Estado. Solo seis días después, el Gobierno provisional cedió la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid . La noticia corrió como la pólvora. El 1 de mayo se abrió al público. La hemeroteca de la época habla de una verdadera invasión pacífica. Familias enteras, que durante generaciones solo habían visto aquel bosque desde la lejanía, se adentraban por primera vez en sus senderos.

Pero la alegría duró poco. En 1936, el estallido de la Guerra Civil convirtió la Casa de Campo en el epicentro de la batalla por Madrid. Las tropas sublevadas del general Varela intentaron tomar la capital avanzando desde el sur. Su objetivo era claro: cruzar el Manzanares por la Casa de Campo y lanzarse hacia Ciudad Universitaria y el centro . El avance fue tan rápido que el ejército republicano estuvo a punto de hundirse. Solo una pausa nocturna de los atacantes permitió enviar refuerzos.

Durante casi tres años, la Casa de Campo se convirtió en una trinchera gigante. Se levantaron búnkeres, se cavaron galerías, se instalaron baterías de artillería. árboles centenarios sirvieron como parapetos, y sus troncos aún conservan hoy las marcas de las balas y la metralla . Uno de los puntos más estratégicos fue el Cerro de Garabitas, desde donde los sublevados observaban la ciudad para dirigir el fuego de cañón. Desde allí se podía ver Madrid entero. Y desde Madrid se veía arder la Casa de Campo.

Las cicatrices de esa guerra son legión. La Pasarela de la Muerte, destruida y reconstruida mil veces, permitía cruzar el río hacia Ciudad Universitaria bajo el fuego republicano. La Pista del Generalísimo, construida a toda prisa al final de la contienda, se conserva casi intacta con sus inscripciones originales . Y luego está el Cristo de las bombas, una columna erigida en 1937 en memoria de 19 artilleros de la Agrupación Garabitas que murieron durante un bombardeo .

Terminada la guerra, la Casa de Campo quedó hecha un desastre. Los combates habían arrasado su palacio y sus jardines. Hubo que reconstruir. Y reconstruir no es lo mismo que restaurar. En los años 50 se celebró aquí la primera Feria Nacional del Campo, un evento que impulsó la construcción de pabellones y recintos que aún hoy salpican el parque . En 1957 llegó el Club de Campo Villa de Madrid. En 1969 se inauguró el Parque de Atracciones. En 1972 abrió sus puertas el Zoo, que trajo una novedad que revolucionó la ciudad: los delfines . Más tarde llegó el Teleférico, uniendo el parque con el Paseo de Rosales y dando una de las estampas más turísticas de Madrid.

No todo fue acierto. El llamado "Plan Singer" de los años 60 contemplaba incluso urbanizar buena parte de la Casa de Campo para construir viviendas de lujo. La presión vecinal lo impidió. La M-30 se abrió paso a su alrededor y más tarde se soterró, pero la carretera que divide el parque en dos (la de acceso a la M-40) sigue siendo una herida abierta. En 2010, la Comunidad de Madrid declaró la Casa de Campo Bien de Interés Cultural en la categoría de Sitio Histórico .

Hoy, con 1.722 hectáreas, es el parque urbano más grande de Europa . Más que Central Park, más que Hyde Park, más que el Bosque de Boulogne. Pero la Casa de Campo es muchas cosas a la vez. Es un museo de la Guerra Civil con sus restos de bunkers y trincheras. Es un oasis de biodiversidad donde aún se esconden gamos, jabalíes y zorros . Es un lugar de peregrinación para los runners, las familias de picnic y los amantes de las vistas del lago. Es un pulmón, un patio de juegos y un pedazo de historia viva. Y todo esto, este revoltijo de naturaleza y cemento, de paz y bombas, de meriendas de domingo y trincheras, es posible porque un 1 de mayo de hace 95 años alguien descorrió la verja y dijo: "Esto ya no es de los reyes. Es de todos."

Aquí estoy. El cronista no se había ido, solo estaba esperando el tema adecuado. Y vaya tema: 95 años de la Casa de Campo. Por supuesto que me atrevo. Es una historia apasionante: reyes, guerra, trincheras, águilas bicéfalas, bombas, un Cristo milagroso y un pulmón que casi se convierte en campo de batalla definitivo.

Vamos allá.

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# 95 años de la Casa de Campo: de coto real a pulmón de Madrid

## La finca de los Reyes que se convirtió en el parque más grande de Europa cumple nueve décadas y media de historia entre árboles, trincheras y teleférico.

El 1 de mayo de 1931, una multitud se agolpaba a las puertas de la finca. No era una manifestación obrera, aunque el día invitará a pensar lo contrario. Era una marea de vecinos que, por primera vez en siglos, podía cruzar la verja que separaba Madrid de aquel enclave prohibido. La Casa de Campo, coto privado de caza de la Corona desde tiempos de Felipe II, abría sus puertas al pueblo. Y el pueblo entró. En masa. Tanto que cinco días después el alcalde Pedro Rico tuvo que salir a dar explicaciones. "La Casa de Campo no es sitio de orgías, francachelas y merendonas", advirtió. Pero los madrileños, fieles a su estilo, hicieron caso omiso. Y durante 95 años no han parado de merendar, correr, pasear y enamorarse bajo sus pinos.

**El capricho de un rey.**

La historia de este pulmón comienza en el mismo momento en que Madrid se convierte en capital. Felipe II, un rey al que le gustaba tenerlo todo cerca, decidió que necesitaba un lugar de recreo y caza al oeste del Manzanares. Compró terrenos a la familia Vargas —que ya tenía allí una finca con palacete— y los fue ampliando hasta crear una vasta propiedad que unía el Alcázar con el cazadero de El Pardo . La idea no solo era cazar, sino también huir del protocolo. La Casa de Campo era el refugio privado del monarca, un espacio vedado a los súbditos donde relajarse sin ser visto.

Con los años, Austrias y Borbones fueron añadiendo su toque personal. Fernando VI la declaró Bosque Real. Carlos III introdujo la agricultura y la ganadería. José Bonaparte, que se sentía más cómodo aquí que en el Palacio Real, redecoró sus estancias al gusto Imperio . La finca se llenó de fuentes, jardines italianos y una famosa gruta manierista conocida como la "sala de las burlas". Era, en esencia, el jardín secreto de la monarquía. Un placer prohibido para los ojos de los demás.

**La herencia republicana.**

Esa exclusividad se derrumbó el 14 de abril de 1931. Con la proclamación de la Segunda República, los bienes de la Corona pasaron al Estado. Solo seis días después, el Gobierno provisional cedió la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid . La noticia corrió como la pólvora. El 1 de mayo se abrió al público. La hemeroteca de la época habla de una verdadera invasión pacífica. Familias enteras, que durante generaciones solo habían visto aquel bosque desde la lejanía, se adentraban por primera vez en sus senderos.

Pero la alegría duró poco. En 1936, el estallido de la Guerra Civil convirtió la Casa de Campo en el epicentro de la batalla por Madrid. Las tropas sublevadas del general Varela intentaron tomar la capital avanzando desde el sur. Su objetivo era claro: cruzar el Manzanares por la Casa de Campo y lanzarse hacia Ciudad Universitaria y el centro . El avance fue tan rápido que el ejército republicano estuvo a punto de hundirse. Solo una pausa nocturna de los atacantes permitió enviar refuerzos.

**El frente olvidado.**

Durante casi tres años, la Casa de Campo se convirtió en una trinchera gigante. Se levantaron búnkeres, se cavaron galerías, se instalaron baterías de artillería. árboles centenarios sirvieron como parapetos, y sus troncos aún conservan hoy las marcas de las balas y la metralla . Uno de los puntos más estratégicos fue el Cerro de Garabitas, desde donde los sublevados observaban la ciudad para dirigir el fuego de cañón. Desde allí se podía ver Madrid entero. Y desde Madrid se veía arder la Casa de Campo.

Las cicatrices de esa guerra son legión. La Pasarela de la Muerte, destruida y reconstruida mil veces, permitía cruzar el río hacia Ciudad Universitaria bajo el fuego republicano. La Pista del Generalísimo, construida a toda prisa al final de la contienda, se conserva casi intacta con sus inscripciones originales . Y luego está el Cristo de las bombas, una columna erigida en 1937 en memoria de 19 artilleros de la Agrupación Garabitas que murieron durante un bombardeo .

**De la posguerra a la modernidad.**

Terminada la guerra, la Casa de Campo quedó hecha un desastre. Los combates habían arrasado su palacio y sus jardines. Hubo que reconstruir. Y reconstruir no es lo mismo que restaurar. En los años 50 se celebró aquí la primera Feria Nacional del Campo, un evento que impulsó la construcción de pabellones y recintos que aún hoy salpican el parque . En 1957 llegó el Club de Campo Villa de Madrid. En 1969 se inauguró el Parque de Atracciones. En 1972 abrió sus puertas el Zoo, que trajo una novedad que revolucionó la ciudad: los delfines . Más tarde llegó el Teleférico, uniendo el parque con el Paseo de Rosales y dando una de las estampas más turísticas de Madrid.

No todo fue acierto. El llamado "Plan Singer" de los años 60 contemplaba incluso urbanizar buena parte de la Casa de Campo para construir viviendas de lujo. La presión vecinal lo impidió. La M-30 se abrió paso a su alrededor y más tarde se soterro, pero la carretera que divide el parque en dos (la de acceso a la M-40) sigue siendo una herida abierta. En 2010, la Comunidad de Madrid declaró la Casa de Campo Bien de Interés Cultural en la categoría de Sitio Histórico .

**Un museo a cielo abierto.**

Hoy, con 1.722 hectáreas, es el parque urbano más grande de Europa . Más que Central Park, más que Hyde Park, más que el Bosque de Boulogne. Pero la Casa de Campo es muchas cosas a la vez. Es un museo de la Guerra Civil con sus restos de bunkers y trincheras. Es un oasis de biodiversidad donde aún se esconden gamos, jabalíes y zorros . Es un lugar de peregrinación para los runners, las familias de picnic y los amantes de las vistas del lago. Es un pulmón, un patio de juegos y un pedazo de historia viva.

Y todo esto, este revoltijo de naturaleza y cemento, de paz y bombas, de meriendas de domingo y trincheras, es posible porque un 1 de mayo de hace 95 años alguien descorrió la verja y dijo: "Esto ya no es de los reyes. Es de todos."

Disfrútala. Pero recuerda: si se te ocurre montar una orgía, el fantasma del alcalde Pedro Rico aparecerá para echarte la bronca. Eso sí, si traes una tortilla y un termo de café, eres bienvenido.