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22
Abr
2015
Masterchef 3: expulsión Sara; llegan los minijurados; y Víctor y Sally también despuntan PDF Imprimir E-mail
Los Blogs del Telescopio - El Choniblog
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Ante la desaparición como villana de Lydia, el programa busca una rivalidad entre Sally y Mireia

La verdad es que Masterchef no tenía fácil mantener el altísimo nivel de juego del capítulo anterior, y, tal vez por eso, este tercer capítulo de la tercera temporada supo a mas bien poco. El león come gamba (ahora hablo de ello) dejó el pabellón muy alto, pero la expulsión de Alberto, más la desaparición como villana de Lidia, obligaba al programa a replantear toda la trama en continuidad.

Y eso mismo es lo que hicieron: comenzaron a vendernos una suerte de rivalidad entre Sally y Mireia, en la que, todo apunta, la peor parada será la concejala socialista, pues Sally se perfilaba como una muy buena concursante, a pesar de estar a punto de ser expulsada la semana pasada. Sally, por cierto, no fue la única que despuntó durante el capítulo, pues Víctor se presentó como un auténtico artista en la cocina de vanguardia. Eso sí, como en la Bolsa, si unos suben, otros bajan; y en este capítulo el peor parado fue un Pablo que estuvo a punto de ser expulsado tras cocinar un polémico tiburón.

Pero vamos por partes. El programa comenzaba con sorpresa: el jurado era reemplazado por unos minijurados de tamaño menor a los mayores, pero con la misma mala leche. Los hijos de Samantha y Pepe, y el sobrino de Jordi se metieron en el papel siendo bastante más críticos (o menos diplomáticos) que el jurado oficial.

Los concursantes debían reinventar tres platos tradicionales, y la cosa salió de aquella manera. Sara insistía, a todo el que quería escucharla, que su comida “no está quemada, está morenita”; Encina se atrevía con una sopa de Gañán muy poco deconstruída; Andrea ofrecía unas galletas de pisto absolutamente incomibles; Víctor preparaba una ensaladilla al “estilo Lluc”, esto es, con las manos; Mila preparaba un batido de tortilla; y Carlos se atrevía con un pisto triturado por la batidora. Sin embargo, los que peor lo pasaron fueron Kevin, con un menú imposible (falso bocadillo de calamares en el que el pan fue sustituido por tocino; pescaíto frito con un fortísimo sabor a ajo; y galletas de mantequilla sin azucar); y Pablo, que preparó una tortilla con la patata cruda que se vio obligado a comer.

Al final de la prueba los menos malos fueron Víctor y Sally, que liderarían a sus compañeros en la segunda prueba. Esta segunda prueba les traía hasta Alcalá de Henares, donde mostraron al público (muy numeroso) del programa las maravillas de la cuna de Cervantes: la Universidad Cisneriana, la Calle Mayor, la Plaza de Cervantes, las Murallas, el Paraninfo y el Parador fueron los escenarios escogidos para una prueba dedicada a los servicios de emergencia.

Los concursantes tuvieron que preparar un menú especial para los médicos en el que destacaban dos platos sobre los demás: las famosas rosquillas de Alcalá (que por cierto, triunfaron); y la sopa de ajo con carabineros (sin pelar) que popularizó Ana Luna hace ya unos años.

En total debían cocinar 130 raciones de cada plato, ochenta para los comensales, y otras cincuenta para mandarlas al Hospital de Guadalajara con un grupo de motoristas. Lo cierto es que esta primera parte de la prueba, con pelea con los tupper incluida, la ganó el equipo azul con autoridad, pero la segunda parte, con comensales impacientes, cayó del lado rojo de una forma contundente. Precisamente el elemento que acababa inclinando la balanza de uno de los dos lados era algo que nunca antes había ocurrido en Masterchef España: uno de los platos no pudo salir a tiempo obligando a ser reemplazado por uno del otro equipo. Ante tamaño desastre (que luego corrigieron, todo hay que decirlo), los concursantes azules se convertian en los nominados.

Y la prueba final era cualquier cosa menos fácil. Los aspirantes a marcharse del programa tuvieron que pujar por alimentos determinados cuyo precio sería tiempo para la elaboración del plato, y este nuevo tuist provocó más de un desastre. Los concursantes prefirieron arriesgar con los alimentos que conocían, en lugar de racionalizar el tiempo, lo que hizo que muchos no pudiesen terminar a tiempo el plato.

De tal forma, Antonio compraba por 65 minutos, un chuletón de buey que destrozaba inmisericordemente presentando un “corazón” de chuletón; Fidel compraba un hígado por 55 minutos y lo cocinaba demasiado pronto, por lo que salía bastante más que pasado; Andrea se quedaba con un brócoli por 40 minutos, y lo convertía en un polémico iglú que movió las redes sociales (aunque lejos del león come gamba), y que sirvió bastante pasado; Pablo, por su parte, compraba un cazón por 25 minutos que no sabía tratar y freía, varias veces, antes de empanarlo. En el otro lado, los mejores platos fueron los de Mila, que, tras comprar unos fideos por 35 minutos, los salteó con verduras; y unas espectaculares carillas cocinadas por Sally con una receta importada desde Sudamérica. Sin embargo la peor parte se la llevaba Sara que, tras comprar una caballa por 60 minutos, la presentaba prácticamente cruda consiguiendo así la expulsión del concurso.

Y como lo prometido es deuda, vamos a hablar del león come gamba. El pasado martes Alberto entraba en el olimpo televisivo, subiendo hasta la estratosfera la audiencia del programa de cocina (y tiene mucho mérito, pues competía con El Príncipe y Allí Abajo), y su plato invadía las redes sociales. Al día siguiente la estrella televisiva concedía entrevistas a varios medios de comunicación contando su polémico (y breve) paso por el programa de cocina. Alberto, sin embargo, no era consciente de lo que estaba creando, y es que el negocio no tardó en surgir al calor del plato. La empresa de celulosa Renova lanzaba un pack especial de servilletas con la imagen del león gambófago que vendía a través de su web; y El Corte Inglés creaba un juego en flash en el que el plato de Alberto debía comerse el mayor numero de gambas en el menor tiempo posible. Lo dicho, la semana pasada lo comparaba con el Ecce Homo de Borja, pero veremos hasta donde llega la creación culinaria del valenciano. Viendo cómo está el patio político, tal vez acabe siendo alcalde...

 

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